Por: Douglas Bolívar
El aeropuerto internacional Antonio José de Sucre de Quito es muy pequeño, casi un tarantín, así que prácticamente al bajarme de la nave divisé a mi mediotiempo que ansiosa esperaba descifrar mi figura por la zona de retiro de maletas.
Me había propuesto que esta tarea no le resultase tan sencilla. Ufanado y moralizado por haberme deshecho de ocho miserables e incómodos kilos, tras lo cual recuperé mi otrora esbeltez, que tanta leyenda llegó a sembrar, jugué a despistarla para honrarla con un escenificación novelera.
Así que cuando llegué al último detector que me daba acceso a la calle, lo hice investido con un pantalón vaquero ajustado talla 32 (dije 32), unas botas del lejano oeste, un barbado a medio poblar y un peinado del tipo salvaje, además de unos lentes al estilo mosca. Estábamos a cinco metros y ella desde luego que seguía buscando con la mirada a través del vidrio entre quienes impacientes esperaban arremolinados sus equipajes.
Todo mi arte se precipitó cuando estando a una nariz de la puerta de salida un oficial antidrogas del Ecuador se antojó de mi perfil y quiso saber si en mi maleta había alguna cosa encaletada y me apartó a un costado para revolver mis trapos... entre los cuales iban dos inocentes paquetes de harina de maíz porque a ella le había dado la tocoquera de comer arepas galletas. Al agente se le alborotó la bilirrubina con los paqueticos y enseguida armó un operativo y en segundos estaba yo en una habitación pegado contra la pared y exigiendo un defensor de los derechos humanos que levantara un acta del atropello.
Como quiera que estos orangutanes no tenían la experticia necesaria para saber qué era aquella molienda típicamente venezolana, la situación empezaba a alargarse, por lo que pedí a uno de ellos que ubicara a mi moza, a quien dejaron entrar para que se cagara de la risa una vez que desmonté mi melodrama y empecé a vociferar ¡soy yo, soy yo! ¿Se concibe mayor humillación? Chico, me sentí tan kunderiano, un personaje más de “El libro de los amores ridículos”, sobre todo el del cuento de aquella chica que hace falso autostop a su novio.
Superado el percance, y después de que mi nena y sus compañeras de estudios (dos colombianas) le hubieran sacado toda la ganancia tragicómica a mi malograda representación, fuimos a comer a cualquier lugar, porque en cualquier lugar venden lo mismo, al punto de que mi costilla quiso llevarme a degustar una exquisitez originaria: el choclo (una mazorca asada con ralladura de queso). Los ecuatorianos tienen especial deleite por las lentejas, al extremo de que en todas las cadenas de comida gringas han insertado un combo al que simplemente le han agregado un plato de lentejas. Así cumplen el trámite de la metamorfosis.
Quito es una ciudad apaciguada, con aires pueblerinos, sin sobresaltos, con un orden envidiable en el sistema de transporte... la ciudad destila una tranquilidad desesperante. Los taxistas, unos ocho mil, andan arrechos con Correa porque liberó la obligatoriedad de la matrícula y ahora todo el que tenga un carro puede montar pasajeros. Los piratas triplican a los matriculados, que se quejan porque se maman todo el día chancleteando las calles para sumar irrisorios ¡30 dólares! Ya se sabe, la moneda oficial de Ecuador es el dólar.
Los taxis regularizados están pintados de la manera clásica de Nueva York, y la mayoría parece estar asociado en cooperativas, como se indica en sus carrocerías, en las cuales se repite muchísimo el nombre de Julio Jaramillo, que es una advocación ecuatoriana.
Un análisis socioétnico al voleo me hace concluir que el común ecuatoriano es mayoritariamente indígena, conclusión que resultó chapucera cuando esa tardecita ingresamos a un multicine. El fenotipo se transformó mágicamente en suizo al cien por ciento. Qué vainas con nuestros países.
Así vamos pateando la ciudad, a la espera de que la noche se alargue para dejarnos caer por el antro conocido como Mayo 68, émulo de El Maní caraqueño. En el centro de Quito está la Plaza Mayor, a cuyo alrededor se desparrama una patrimonial zona colonial que es orgullo de América Latina y el mundo. Al frente está el Palacio Carondelet, al que se accede con simplemente desearlo. Se pasea por todas las oficinas y hasta el salón donde Correa hace sus reuniones ministeriales. Antes del recorrido, al visitante le toman una postal que le obsequian. Qué amable son los quiteños, chico.
La zona colonial es la fuente reminiscente que a lo largo de los siglos ha dotado a Quito como la ciudad intelectual, no de gratis era el sitio preferido por el Libertador para realizar congresos de gramática con toda aquella gente que se dedicaba a pensar y enseñar. Algunas críticas llegaron a caerle al Libertador y a su bandada, porque risueñamente dedicaban prolongados debates sobre dónde iba el punto y la coma, en lugar de resolver los padecimientos de la gente.
De suerte que los quiteños se creen la tapa del frasco de la intelectualidad, y despachan al resto de la latinoamericanidad con un desdén incomprensible, sin contar que son pocos lo que se preocupan por bajar los decibeles de la xenofobia colombiana, que se exhibe sin pudores ni regateos.
Yo digo entonces que esa inejercitada supremacía intelectual tiene forma pero no tiene fondo. Pero así es la dialéctica: cría fama y arrellánate en una hamaca.
Además del barbado y el estilacho salvaje, mi arribo a Quito también había estado acompañado al hombro de una guitarra que mi nena me regaló cierta vez que me escuchó lamentar que ah malhaya quién supiera tocar esa jodía.
En fecha aniversaria me la entregó con manuales para principiantes, pero yo la arrinconé para serle fiel a mi inconsecuencia con todas las cosas importantes. Y allí estuvo larga temporada en su estuche, resistiendo el polvo del tiempo.
Mi escenificación aeroportuaria no estaría completa sino cerraba con un número musical. Así que en su ausencia me esmeré en aprender a carraspearla para al menos entonar una de sus canciones predilectas como momento culminante de mi concebida memorable sorpresa.

Estoy buscando una palabra
en el umbral de tu misterio.
¿Quién fuera Alí Ba-ba?
¿Quién fuera el mítico Simbad?
¿Quién fuera un poderoso sortilegio?
¿Quién fuera encantador?

Estoy buscando una escafandra,
al pie del mar de los delirios.
¿Quién fuera Jacques Custeau?
¿Quién fuera Nemo el capitán?
¿Quién fuera el batiscafo de tu abismo?
¿Quién fuera explorador?

Corazón oscuro,
corazón con muros
corazón que se esconde,
corazón que está donde,
corazón en fuga,
herido de dudas de amor.

Estoy buscando melodía
para tener como llamarte
¿Quién fuera ruiseñor?
¿Quién fuera Lennon y McCartney,
Sindo Garay, Violeta, Chico Buarque?
¿Quién fuera tu trovador?

Corazón oscuro,
corazón con muros
corazón que se esconde,
corazón que está donde,
corazón en fuga,
herido de dudas de amor.


Lógicamente que si se frustró un primer acto el siguiente tampoco vería la luz. Pero yo no me había esforzado tanto para quedarme en el sacrificio. Así que no había delatado la frustrada parte final de la sorpresa, porque mientras olfateábamos a Quito había concluido en que al arribar Mayo 68 (donde estaba planificado el bonchecito) haría mi postergado número musical, en esta ocasión disfrazado de mí mismo, es decir, de paisanito.
Dicho y hecho. Apenas ingresamos al ghetto, entoné mi melodía, que ahora pienso que trastocó lo que vino a resultar una memorable noche. Eran las diez del sábado y en el lugar había unas treinta personas que parecían estar ausentes del estremecimiento que provocaba una banda cubana que a ratos se montaba en el estrado. El nicho es de gente habitué que vive de vanagloriarse de que Mayo 68 es el sitio que Sabina visita cuando va a Ecuador. Gran vaina, yo también lo visito.
Total que sonó un cabillazo y enseguida mi mami y yo (lo propio que nuestras amigas colombianas Ana María y Paola) nos empoderamos en el cenital de la pista y empezamos a bambolearnos para aquí y para allá, un cruce de brazos aquí, una pulitura de hebilla más allá, un cintureo por acacito, una vuelta de canela al rato, un tonconteo después. En fin, Ana María, Paola, un paisano de ellas llamado Roger y nosotros dos montamos una salsa casino que ni siquiera levantó miradas, lo que me llevó a inferir que la clientela verdadera no se había hecho presente, lo mismo ha debido pensar el intérprete cubano, que luego se acercó a nuestra mesa refunfuñando en clave antillana: ooooñññooo, menos mal que ustedes son venezolanos, porque estos ecuatorianos no bailan un carajo, son de yeso.
¡¡¡Asere, monina, qué bolá!!! Así comenzó mi inesperado reencuentro con Albita Rodríguez en Mayo 68, a eso de la una de la mañana, lo que por supuesto presagió un inmediato cambio de la atmósfera. No se había echao el primer buche de mojito cuando a una seña de su mulato Albita se entarimó para incendiar el recinto con su caudaloso chorro de voz que abrió fuegos con una pieza levantamuertos:

Yo soy el punto cubano
que en la manigua vivía
cuando    el mambí se batía
con el machete en la mano.

Tengo un poder soberano
que me lo dio la sabana
de cantarle a la mañana
brindándole mi    saludo
a la palma, al escudo
y a mi bandera cubana.


Por eso canto a las flores
y a la mañana que inspira
le canto a Cuba querida
la tierra de mis amores.

Soy la linda melodía
que en el campestre retiro
siempre le llevo al guajiro
la esperanza y la alegría.

En noches de romería
inspiro a los trovadores
cantantes y bailadores
gozan con el zapateo
y se olvidan de Morfeo
para tributarme honores.
Ahora me encuentro en La Habana
entre orquestas y he gustado,
de cha-cha-chá disfrazado
pongo una nota cubana.

Aquí como en la sabana
mi música fraternal
viene del cañaveral
representando al mambí,
a la tierra de Martí y a la Enseña Nacional.

¡Se prendió la rumba, vengan todos!

Yo conocí a Albita en la Cuba sobreviviente de principio de los 90, antes de que hiciera la gusanera. Un mujerón aquel palillo de mujer que hoy tiene morada en La Pequeña Habana de Miami, aunque en realidad se la pasa vagando por Europa y Latinoamérica, me dijo, porque anda empatada con un mozuelo vocalista colombiano que anda en permanente gira de taguara en taguara latinoamericana persiguiendo la fama. Tiene un programa de televisión en la gusanera que graba un solo día para toda la semana.
Con su macho al costado sobrevinieron nada menos que “El cumbanchero”, “El manisero”, “Son de la loma” y “Chan Chan”, luego de la cual hubo pausa porque Albita pidió un sentido minuto de silencio para homenajear a Compay Segundo. A este tipo de cubanos la nostalgia los golpea como una deficiencia renal.
A estas alturas del partido Mayo 68 estaba atestado y rabioso, curdo y seguramente fumao. Entonces me acomodé al lado de Albita y halé a la mía y luego de un bisbiseo al oído de la cantante se vino con ¡¡¡Qué manera de quererte, qué manera!!! El cogeculo. Ahora sí, el karaoke.
La olla era una locura, y en la periferia mi nena y yo hacíamos lo propio, absorbiéndonos el sudor y al toqueteo desinhibido.
Albita demostró que es una grande, porque ciertamente maneja a su antojo el frenesí del público, el sube y baja de la gente. Luego de haber llevado al máximo la euforia del público, decide bajar la intensidad para que la gente recargue, pero sin perder el hilo, empalme que hizo con una monumental salsa de ¡Silvio Rodríguez!

Cuando Pedro salió a su ventana
no sabía, mi amor, no sabía
que la luz de esa clara mañana
era luz de su último día.
Y las causas lo fueron cercando
cotidianas, invisibles.
y el azar se le iba enredando
poderoso, invencible.
Cuando Juan regresaba a su lecho
no sabía, oh alma querida
que en la noche lluviosa y sin techo
lo esperaba el amor de su vida.
Y las causas lo fueron cercando
cotidianas, invisibles.
Y el azar se le iba enredando
poderoso, invencible.
Cuando acabe este verso que canto
yo no sé, yo no sé, madre mía
si me espera la paz o el espanto;
si el ahora o si el todavía.
Pues las causas me andan cercando
cotidianas, invisibles.
Y el azar se me viene enredando
poderoso, invencible.


Albita dijo que toda su vida había estado marcada por cómo Silvio había logrado trascenderse a sí mismo no con la letra de esta canción, que es grande, sino con los arreglos que elevan la canción a los altares de la salsa. Dijo que la pieza había sido el resultado de un laboratorio entre Silvio y el Grupo de Experimentación Sonora de Cuba, producto de la infatigable voluntad del insigne Leo Brower y un batallón de gente entre la que también se cuenta a Víctor Casaus, quienes lo concibieron como la cantera que musicalizaría toda la producción cinematográfica de la Isla, pero al mismo tiempo se proponía imitar el fenómeno que ya había arrancado en Brasil con el surgimiento de un ramilletes de músicos al estilo de Chico Buarque, Gilberto Gil, Elis Regina, Badem Powell, Edu Lobo, Caetano Veloso, George Bem, Milton Nascimento y María Bethania y tantos otros.
Siguió la cubanía incrustándose en los huesos en Mayo 68. Afuera hacía una temperatura de cinco grados, pero adentro el sofocón estaba delicioso. Albita continuaba arrebatada, cada vez más. Así siguió la madrugada con “El cuarto de Tula”, al que todos hicimos coro enloquecido que esa hora estremecía la zona de Foch (equivalente a Las Mercedes caraqueña) y atraía a los sobrevivientes de la noche. “Guantanamera” elevó la locura, que se extrapoló a grado delirante cuando a Albita pareció poseerla el demonio del desarraigo y entre emocionada y conmovida de llanto cantó e invitó a cantar “Somos lo que hay”, un jolgorio compuesto por un esperpento llamado Manolín y autodenominado el médico de la salsa, un balsero aéreo.
“Somos lo que hay” fue el himno de la revolución timbera de mediados de los 90, como si una nación de cubanos empobrecidos hubiese despertado una mañana mirándose al espejo y colectivamente notado que eran de hecho los personajes más chéveres, atractivos, decididos, requeridos y geniales del mundo entero.
somos lo que hay
lo que se vende como pan caliente
lo que prefiere y pide la gente
lo que se agota en el mercado
lo que se escucha en todos lados...
...somos lo máximo

La canción de marras dividió las opiniones de los cubanos de entonces (se consideró vulgar en aquella época. Hoy habría sido tildada de reguetón). Pero al momento de sonar estremecía las más sensibles fibras del modo de ser cubano y sus adversarios cedían y la entonaban sin reservas, dándole una tregua.
Albita pareció levitar al interpretarla y la pasión que lograba insuflar en nosotros era como una droga que la desgañitaba más y más conforme el coro se iba acercando a... ¡somos lo máximo!...
El ejercicio de patria la dejó extenuada y se fue a bastidores a recuperarse, transición que hizo su mulato apoderándose del micrófono para complacer a Ana María y Paola que endemoniadamente pedían al grupo Niche, porque según ellas dizque la salsa tiene un antes y un después con estos prodigiosos de Cali. Dime tú, asegurar semejante vaina en una noche como esta noche.
Pero el cantante era paisano de ellas y conocía bien a Niche, así que hubo un set que comenzó con la Ana Milé:
Ana Milé tú no tienes
no tienes la culpa
que tu niño esté llorando
y su padre no cumpla.
Fue tu inocencia joven mujer
al dejarte convencer
y el consejo que tu madre
te dio un día
no supiste obedecer.
Porque como Pedro por su casa
aquel hombre se paseó
con la risa te engañó
se robó tu corazón.
Y lo que tú y yo planificamos
un futuro realizar
en sueños quedó al llegar
aquel hombre a nuestro hogar.
Queda un camino de piedra y filo
y la revancha que da el destino
luz de esperanza corre y alcanza
justicia arriba está la balanza.
Firme y altiva sigue tu vida
no pares niña aún no está perdida
la mano fuerte que hoy te fue esquiva
tierna y segura aparece y ríes.
No llores, no llores mi niña
no llores más.

La noche cambió de protagonismo, porque estas niñas colombianas escalaron hasta la barra y empezaron un cadereo sensacional que congregó a la masa, mientras que los dos venezolanos murmurábamos que qué bolas estas colombianitas de Popayán venir a decir que la salsa es una refundación colombiana y, de paso, creer que se baten mejor que los venezolanos. Hicimos una declaración de guerra.
Pero sus quince minutos de fama prosiguieron con “Nuestro sueño”, “Cómo podré disimular”, “Una aventura”, “Hagamos lo que dice el corazón”.
Al cabo de lo cual mi nena y yo le hicimos seña al vocalista para que parara. Dijimos basta, vamos a sonar a Richie Ray y Bobby Cruz para enseñarles aquí a las vecinas cómo es que se pule el cuero. Y comenzó la apoteosis. Rayita en medio de la barra y arranca “Los fariseos”. En esa intensidad estuvimos como dos horas, hasta que los primeros rayos del sol que se colaban por una ventanita en el techo empezaban a delatar la necesidad de un armisticio. Iban a ser las seis y pacté con Ana María dejar correr “La conciencia y la razón” para batirnos en retirada.
Cuando ya la concurrencia se dispersaba y nosotros nos ajustábamos las camisas para coger calle más o menos decentes, revivió Albita y se lanzó una insólita y memorable versión báltica de “Óleo de una mujer con sombrero”. A mi petición la jornada fue clausurada con un temazo que acompañé con tímidos acordes de guitarra, que Albita cantó con los ojos invadidos de lágrimas:
Cómo fue,
no sé decirte cómo fue
no sé explicarme qué pasó
pero de ti me enamoré.
Fue una luz
que iluminó todo mi ser
tu risa como un manantial
regó mi vida de inquietud
Fueron tus ojos o tu boca
fueron tus manos o tu voz
fue a lo mejor la impaciencia
de tanto esperar


Me aferré a Albita y nos despedidos hasta quién sabe qué otra casualidad de la vida. Cuando mi compañera y yo casi alcanzábamos la salida, dos gringos que habían estado toda la noche tratando de hilvanar un paso me abordaron para hacerme una proposición rarísima.
No eran gringos, como parecían. Eran irlandeses y estaban en Ecuador porque en Quito (a cuenta de supuesto ombligo de la intelectualidad latinoamericana) se había ofrecido como plataforma en esta parte del mapamundi para la conmemoración de los 90 años de la primera edición de Ulises, de James Joyce, hijo pródigo de Irlanda y a quien se le rinde culto sacrílego.
No se puede explicar ni creer lo que es Joyce para los irlandeses, concretamente para la gente de la capital Dublín, quienes cada 16 de junio se despojan de su personalidad para ritualizar las mismas 18 horas de ese día que narra Joyce. Comen lo mismo, se visten igual, adornan como en la época, en fin, una cosa infinita y por tanto incomprensible e inenarrable.
Los 90 años se cumplen en 2012, y estos fiebrúos ya andan desplegados por el mundo en comisiones buscando conferencistas y fanáticos que para la fecha quieren ir a Dublín a ser parte de la fiesta.
Dado que los espíritus no daban para más a esa hora, me fueron al grano preguntándome si no estaría yo interesado en dar una charla en la Universidad Andina Simón Bolívar ese domingo a las dos de la tarde sobre algún tópico o pasaje sobre la vida u obra de Joyce. Dije que no, por supuesto, pero también por supuesto que mi costilla ripostó que no se preocuparan que allí estaríamos cumplidamente. No dije nada, entendí que los estaba despachando. Y la anécdota murió allí.
Entonces nos fuimos caminando a la residencia de la universidad mientras yo carraspeaba y tarareaba: ¡A tus atardeceres rojos se acostumbraron mis ojos como el recodo al camino / soy cantor, soy embustero, me gusta el juego y el vino, tengo alma de marinero! ¡Qué le voy hacer si yo nací en el Mediterráneo! ¡Y qué le voy a hacer, si yooooo, nací en el Mediterráneo!
A las diez de la mañana estaban buscándonos en la residencia universitaria los hijos de sus madres de los irlandeses, que plena luz del día me parecieron más bien vietnamitas. Estaban invitando a desayunar, pero no les creí, pensé que simplemente estaban empleando una táctica para despertarme con tiempo suficiente para la fulana conferencia.
Al influjo de mi arrechera, y aunque me esforcé por ser cortés si bien no me salió del todo bien, dije que yo no sabía un coño de Joyce y de su Ulises y que por tanto nada tenía que decir, y mucho menos nada bueno, así que ténganse la amabilidad de irse pal carajo y dejarme dormir y métanse su desayuno por el paltó.
La sonrisa de comercial no se les desapareció, pero yo igual les batí la puerta en la cara. Y así estuvimos mi flaca y yo, diciéndonos que esta vida si era loca, mira que atravesarnos a esos especímenes en el camino. ¿Y quiénes serán esos bichos, amorcito? ¿Serán unos traficantes de órganos que a cuenta de extranjeros nos quieren joder? Le pasamos seguro a la puerta, no vaya a ser, y avisamos a la recepción que si esos locos se volvían a aparecer llamaran a la policía.
A la una y media estábamos almorzando en el restaurante de la residencia de la Simón Bolívar con Roger. Y a esa hora aparecieron los irlandeses y como a cinco metros hicieron una señal de paz y pedían permiso para acercarse, que consentimos porque, bueno, ya estábamos a plena luz del día. Además, Roger certificó que sí estaban en lo que decían que estaban, es decir, en comisión estatal en su locura joyciana.
Se sentaron y me explicaron que su insistencia en que yo hablara se debía a que habían cazado en el red un breve ensayo mío de hace unos siete u ocho años en el tangencialmente escribía que Ulises era definitivamente la novela más comentada del siglo pasado y que Joyce debía ser obligatorio en las escuelas para que la ciudadanía del mundo se educara como personas atormentadas, esto es a personas preocupadas por generar pensamientos e ideas y en general buscarle las cinco patas al animal.
Al acicalar mi ego, y a pesar de que yo no recordaba haber escrito eso pero ni de casualidad, coño, accedí.
Sin terminar de comer, mandé por un ejemplar de Ulises en la biblioteca para anotar algunas citas y robarme algunas frases para piratear decentemente la conferencia.
“Imponente, el rollizo Buck Mulligan apareció en lo alto de la escalera, con una bacía desbordante de espuma, sobre la cual traía, cruzados, un espejo y una navaja. La suave brisa de la mañana hacía flotar con gracia la bata amarilla desprendida. Levantó el tazón y entonó: “Introibo ad altare Dei”.
No resultó buena la idea de la lectura, porque aparte de la espuma que asocié a la cerveza, nada de ese inicio me resultó familiar. Nada. ¿No se supone que a los lectores deben noquearnos al arrancar una novela?
Sea cual sea, comprendí que yo nunca tuve siquiera una aproximación a Joyce, y que por tanto si era verdad que los irlandeses leyeron un análisis mío al respecto, pues seguro que lo construí plagiando citas, frases, asertos... o quizá nunca lo escribí, o quizá lo escribió otro que lleva mí mismo nombre.
La dubitación me revolvió una tragedia personal que arrastro desde mi más tierna juventud. Cuando me inicié en la universidad lo hice en una carrera por la que tuve una falsa vocación, cosa que comprendí en el propio primer semestre, así que el resto del tiempo me lo anduve pensando en cómo cambiar el mundo desde las letras, desde los libros, desde una idea, de tal modo que deambulaba de reunión en reunión con los inconformes que enturbiaban la tranquilidad a punta de bombas molotov en el arco de la universidad. Pero cuando no estábamos en eso, Juan Torres y aquí el suscrito estábamos inventado charlas, encuentros, tallares, foros y cuanta vaina literaria, para matar el hastío universitario.
De suerte que Juan y yo nos pasamos esa época de nuestra vida con algunos libros en nuestros bolsos, pero sobre todo con El Quijote no en el bolso sino debajo del brazo, lo que motivó que se sobre nosotros se forjara una fama de jóvenes cultos, lectores nada menos que de Cervantes. A Juan incluso llegaron a apodarlo en algunos circuitos El Manco de Lepanto. A Juan la mención lo arrasaba de orgullo.
En realidad ni él ni yo llegamos nunca a leer El Quijote, nunca pasamos de la primera página, y cuando el uno le preguntaba al otro si lo había leído ya, el otro decía que no, y el uno le decía que entonces préstamelo a ver si este fin de semana le entro, y el otro lo entregaba, y al cabo de quince días el uno hacía la misma pregunta y el otro presentaba la misma respuesta y el uno hacía la misma propuesta de préstamo, hasta la vida nos echó por distintos caminos y él se quedó con el libro, por lo que tengo la ilusión de que finalmente lo haya leído. Yo nunca lo hice, hasta ahora lo confieso.
¿Pero quién podía creer semejante cosa en la universidad, si para colmo Juan y yo nos la pasábamos ejercitando nuestro rol de incomprendidos con la famosa máxima quijotesca de que si los perros ladran es porque tenemos razón? Nadie. Nosotros estábamos conceptualizados como índigos en materia de El Quijote. Situación que se reforzaba con mis exhibiciones de Cien años de soledad, que sí leí y sobre la cual me la pasaba haciendo citas e interpretaciones de la vida a partir del embrujo de García Márquez y puntualmente de la moraleja planteada a través de las claves de vida de Melquiades. Si yo me había leído Cien años de soledad, no quepa la menor duda de que hace rato me había leído El Quijote, era la conclusión atmosférica de mis pares, que tampoco se habían leído la obra magna del Gabo y esto que sirva para hacer un retrato de la poca probidad intelectual de la América Latina. Sólo en una América Latina precaria pude ser yo un súper dotado tan pirata.
Tan pirata, que en un rato unos irlandeses me quieren ver desempeñándome como un dios sobre su Dios. Yo no les iba a echar el vainón de fallarles, no había tiempo de recular, así que le dije a la mía que se sentara a mi lado en el auditorio y que estableciéramos una especie de conversatorio entre ella y yo, en el que ella fuera exponiendo la vida y obra de Joyce y su Ulises y yo fuera comentando a trazos a partir de sus suministros, que sí eran sólido porque sus lecturas eran robustas. Dicho y hecho.
-Cómo ustedes bien saben, quienes han tenido la amabilidad de venir a escucharnos, James Joyce nació el 2 de febrero de 1882 y muere en 1940- inicia la mía, con una asistencia masiva y silenciosa, lo que me preocupó, pues deduje que el promedio de edad no eran tan muchacho, que por lo mismo ahí debía haber mucha gente con tratados sobre Ulises.
-En 1893 una crisis económica hace que tenga que irse a estudiar a una escuela pobre de los jesuitas, donde desarrolló disciplina y amor por los clásicos- prosigue
-En 1902 se gradúa en artes (letras) y era muy amigo del dramaturgo noruego Henrik Ibsen, imagínense, con quien se carteaba- continúa.
-Hay mucho del drama moderno en Ulises, ¿no?- intervengo yo, con la impostura de quien quiere hacerse el chistoso. No hay efecto, qué leche.
-A su mujer, que se llamaba Nora Barnacle y quien era camarera de un hotel, la conoció en esos menesteres y casó con ella a los pocos años de conocerla. Probablemente nunca leyó las obras de su marido- pronunció la mía.
-Joyce, como todos los grandes, faltaba más, sufrió de alcoholismo y las más grandes penurias económicas. En algún momento debió emplearse como cajero de banco para sobrevivir- continúa la mía.
-Las biografías, especialmente una que escribió su hermano, que casi siempre hizo las veces de mecenas, señalan que Joyce empezó a escribir Ulises en 1915, aunque hay quienes disienten de ello y aseguran que esa novela bullía en su mente desde que estaba niño. En todo caso, la primera publicación fue en 1992, ¿no es así? me pregunta a mí, que muevo con la cabeza al mismo tiempo afirmativa y complacido, como si quisiera emitir un mensaje según el cual me siento colmado de que la conferencista esté siguiendo al pie de la letra mis enseñanzas.
-Como toda novela hito, sufrió los rigores del desprecio y de la censura. Inglaterra la consideró insulsa y la santurrona sociedad norteamericana se espantó. Así que fue en París donde Ulises se hizo a la vida. No obstante, luego de que su autor muriera, la retrasada mental de Estados Unidos se convirtió al fanatismo joyciano, fanatismo que le es tan propio, dice la mía, y me mira, y yo fabrico una sonrisa de sobrado, con la que continúo complacido.
-Seguramente que la censura causó los efectos contrarios y Ulises ha de haber sido la novela más comentada del siglo XX-, dije a mi vez, recordando que los irlandeses me habían dicho en el hotel que en mi ensayo yo había afirmado eso.
La mía empezó a apretar la situación y dijo cosas tales:
-Con Ulises, Joyce renovó los procedimientos narrativos del siglo XX, y tuvo marcada influencia sobre Marcel Proust y Thomas Mann- señaló la mía.
-Cualquier cosa, ¿no?-, intervine yo, para no perderme de la atención del público.
-Todos los aquí presentes sabemos que Ulises en el relato de 18 horas de la vida del judío irlandés Leopoldo Bloom del 16 de junio de 1904, y sobre esa fecha se ha especulado siempre que fue cuando tuvo la primera cita con Norma Barnacle, de suerte que entonces la quiso homenajear, seguramente. En esas 18 horas del 16 de junio de 1904 se entrecruzan las vidas de tres personajes: Stephen Dedalus, Buck Mulligan y Haine, todos verticalizados por Leopoldo Bloom, aunque para muchos críticos la verdadera protagonista de la novela es Molly, trasunto de Norma”, asegura la mía, y yo empiezo a preocuparme, ya que me pareció que pisaba el acelerador y se metía a honduras inaccesibles para mi acto, que se pretendía ventrílocuo.
Mis alarmas se dispararon cuando la disertación de la mía se fue a la alturas.
-Ulises es una versión moderna y zahiriente de La Odisea, donde si bien no hay ningún personaje que se llame Ulises, sí aparecen nombres como Telémaco, Proteo, y sobre todo Escila y Caribidis, monstruos del Estrecho de Mesina que se tragaban a los navegantes y barcos.
-La mención a Shakespeare quizá sea abusiva y esas 18 horas del 16 de junio de 1904 tienen la virtud añadida de que nunca salen de Dublín, ciudad a la que describe tan meticulosamente, que el propio Joyce dijo una vez que lo había hecho por si alguna vez desaparecía, ella pudiera ser reconstruida a partir de su relato. La mirada de Dublín es tan privadísima, que para otro irlandés resultaría difícil reconocer las mismas referencias- dice la mía, y yo asiento con la cabeza.
-¿Saben ustedes cuál fue uno de los grandes aportes de Ulises? Que movió los cimientos narrativos al incorporar la técnica del monólogo interior, que tantos denuestos la granjeó al principio, pero que después le ganaría también legiones enteras de seguidores y reconocimientos planetarios. El monólogo interior tiene la virtud determinante de construir los personajes por lo que ellos dicen, es decir, no hay que describirlos a la usanza de nuestro indispensable Gabo. En el caso de Joyce, los personajes dialogan consigo mismo hasta en los sueños, por lo que siempre se indicó la influencia de Freud en su vida, cosa que nunca negó-dijo la mía, y yo al mismo tiempo me crucé de brazos en una actitud corporal con la que quise transmitir la sensación de que la mía estaba cumpliendo el guión a cabalidad, aunque para mis adentros tejí mi propio monólogo interior consistente en preguntarte qué coño hacía yo ahí.
Implacable, la mía se desbordó en virtudes.
-Otro de los sacudones de Joyce, que en todo caso liquidó el amodorramiento en que había caído la novela apenas vislumbrando el siglo XX, fue su atrevimiento de echar de lado la regla de oro de la novelística: rompió con la unidad de estilo, por lo que saltaba de los poético a lo filosófico y de lo grotesco a lo escatológico. En su delirante narración empleó todos vocablos y locuciones que conocía de todos los idiomas que conocía, lo que llevó a muchos críticos a diagnosticar que el verdadero protagonista de Ulises era el lenguaje-.
Yo exhibí una risita como celebrando la ocurrencia del verdadero protagonista.
-Ulises constituyó el estímulo decisivo en las vocaciones de Virginia Wolf y ¡¡¡William Faulkner!!!”- exclamó la mía, y yo que me activo a la mención de Faulkner, pensando en que algún comentario encajaría a su propósito.
-Después de Gustave Flaubert y Henry James la novela pareció entrar en un oscuro callejón sin salida, pero Ulises la rescató y la renovó- dijo la implacable mi costilla, quien pidió a la torre de control pista para aterrizar con lo siguiente, que por cierto nos da la razón a Juan Torres y a mí:
-Son 600 páginas que requieren de una lectura pausada, porque es muy difícil de entender, de hecho no se entenderá con una, ni con dos, ni con tres lecturas.... como en los grandes clásicos, tómese para el caso El Quijote, mucha gente que emprende su lectura se queda en las primeras de cambio y se conforma con los resúmenes universales.-
-Sepan también que Joyce siempre fue un apologista del periodista londinense Daniel Defoe-, dijo la mía, y fue el instante maravilloso que Dios me concedió para que yo me apoderara del momento y tomara para mí la conferencia en su partecita cumbre y en su desenlace. Coño, la mención de Defoe fue providencial. Viva Defoe- dije emocionado en otro monólogo interior.
Defoe fue un insigne novelista, pero sobretodo fue uno de los grandes periodistas, cosa que yo sí me sabía al pelo, porque si bien es cierto que a mí la literatura no se me da bien, y aunque el periodismo tampoco, vamos, yo soy periodista y a mí siempre me hablaron en las aulas de Defoe como prácticamente el inventor sino del periodismo sí de algunos de sus géneros. Yo sabía de Defoe, mejor dicho, yo había oído hablar bastante de Defoe, para más señas el autor de ese monumento llamando Robinson Crusoe, que para mí es poca cosa comparado con Viernes, y así lo consigné a la audiencia apenas la mía hizo la mención del personaje.
Para recuperar la coherencia de su exposición, lo mismo que decir nuestra exposición, la mía señaló que por cierto en Ulises están presentes constantes giros narrativos más propios del periodismo, lo vendría a explicarse por su fanatismo por Defoe y su Robinson Crusoe, la novela más importante de Inglaterra de todos los tiempos.
La mía ya había pedido pista de aterrizaje, bien porque se le estuvieran acabando los cartuchos, bien porque aquel público estaba como ausente, matando su pasión expositiva. Yo en cambio sentía que me miraban con una concentración que me aturdía, en especial un tipo flaquísimo de lentes que en primera fila escuchaba con atención militante y con los brazos cruzados, así como el arrogante que se planta predispuesto a no reírse del chiste.
-Total que James Joyce murió en Zurich en 1941, luego de ser un refugiado de guerra de la primera guerra mundial- dijo la mía como corolario, pero a pesar del flaco ceñudo que me miraba punzadamente desde la primera fila yo sentí que todavía faltaban cosas por decirse y aticé la conversa a instancias de Defoe, al que usé como conexión hacia una siguiente arista de la que estaba esperanzado surgiera en los próximos segundos. Y tomé la palabra.
-¿Alguien aquí podría decir cuál es la trama de Robinson Crusoe?- inquirí yo, con evidente intención de sofocar a la audiencia y ganar tiempo. Siguieron inmutables, por lo que hube de incurrir en la pedagogía de contar a Robinson mientras terminaba de surgir el final de la conferencia.
-Así como Ulises tiene la peculiaridad de que todo transcurre en Dublín y en apenas 18 horas seguidas, La vida e increíble aventuras de Robinson Crusoe transcurre en una isla deshabitada durante ¡28 años! ¡Y transcurren en Venezuela!- dije, emocionado y chouvinista.
La mía, algo hastiada ya, metió una cuña que se le ocurrió:
-En Robinson Joyce encontró el molde para denunciar el colonialismo y la pacatería que tan magníficamente están burlados en Ulises. Si ustedes buscan bien, hallarán un claro paralelismo de Crusoe a Ulises-, enunció la mía, y por vez primera hubo murmullos generalizados en el auditorio, más enemistosos que otra cosa, lo que llevó a la mía a forzar un final:
-Ulises se quedará para siempre como la novela que fue capaz de concitar la más grande aclamación universal jamás vista- apostilló, para recuperar la empatía con los escuchas.
Pero de súbito, el animalito provocador, camorrero e irritante que habita en mí le quiso dar una patada a la mesa y no encontró menor manera que el sacrilegio.
-Ciertamente, una estupenda novela y una de las diez mejores de todos los tiempos. Pero desde luego que incomparable con Cien años de soledad-.
Agárrate, negra.
Los murmullos pasaron también súbitamente a reclamos incluso airados. “Farsante”, gritó alguien allá por los últimos asientos, mientras la mayoría ya se había levantado de las sillas en franca actitud hostil, en especial la del flaquísimo de lentes que se fue acercando a mí, yo creí que para golpearme, pero cuando me tuvo cerca me alisté para que me espetara algún insultillo. Se me ocurrió adivinar que me acusaría de hereje, y que me gritaría ¡hereje, hereje, eres un hereje!
Fallé, porque me insultó con un desgarrón lexical realmente demodé: ¡Bribón, bribón, eres un bribón!, me decía casi al lloriqueo, mientras sus pares me fueron rodeando profiriendo todo tipo de falsetes hacia mi erguida figura, que como suele ocurrir en estos casos se defendía exhibiendo una sonrisita cínica, atrevimiento que naturalmente irritó el ánimo del de lentes, que pasó a darme golpecitos en el pecho tildándome de bribón, bribón, eres un bribón, hasta que sus golpecitos pasaron a cachetadas que desdibujaron mi risita burlona, puesto que además se agregaron otros dos señoritos que al bribón conectaron farsante, farsante, eres un farsante, dándome coscorrones y entonces fueron ellos los que sacaron a relucir una risita complacida.
El animalito entonces se radicalizó y me hizo apretar mi puño derecho, que lancé al aire en línea recta hasta las fosas nasales del flaquísimo, cuyas gafas volaron por el aire entre el estruendo que eso generó y el chorro de sangre que le emanó. Como abejas se me fueron encima y yo lanzando patadas y coñazos a diestra y siniestra, hasta que los irlandeses se hicieron parte y me halaron hacia los camerinos y con la mía salimos en volandas tratando de ganar la calle, huyendo de los acusetas.
Estaban rebosados de risa los irlandeses, el espectáculo los había cautivado, no sólo porque había habido polémica, sino porque la audiencia había sido estremecida, si bien no dejaron de reclamar el exceso cometido al final con Cien años de soledad. Atribuyeron la reacción al hecho de que la audiencia estaba constituida mayoritariamente por integrantes de una logia joyciana ecuatoriana que todos los meses de junio viajan a Dublín para intervenir el 16 de ese mes en el Bloomsday.
Los irlandeses al hacer esta confesión se partían de la risa, los hijos de puta, y quisieron compensar el mal momento invitándonos a Dublín para el 16 de junio de 2012. Métanse su Bloomsday por el culo, los despaché.
Esa noche de domingo me costó conciliar el sueño, porque un ruido perturbaba mi duermevelas: “Bribón, bribón, eres un bribón”, eco que servía de fondo musical a una imagen difusa y perseguidora que me trastocaba cuando entraba plenamente al mundo del inconsciente: dos irlandeses o vietnamitas que me persiguen sangrantes con un bisturí en lance.
Desperté a la mía y le conté de la pesadilla. Ella para matar al coco, me contó que la culpa de todo aquello había sido de ella, pues con Ana María se había llegado al Mayo 68 previo a mi visita. El bartender regente les contó que los irlandeses o vietnamitas habían estado en su cueva porque les habían asegurado que Mao sabría decirles de buenos conferencistas. Los tres urdieron el homenaje hacerme sentir importante si convencían a los irlandeses de que yo era joyciano a matar y que mucho ganarían si me reclutaban. Lo demás ya es periódico de ayer.
En castigo, desde entonces me dirijo a la mía, quizá para siempre, como Nora Barnacle.

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@douglasbolivar