Tu Portal de Noticias. Notiexpres24

 


¿Una sociedad pobre o una pobre sociedad?

Por: Deisy Viana

Afirmaba el sociólogo Zygmunt Bauman que "el contenido del término 'pobreza' cambia cada vez que se desplazan los límites de la forma de vida que se considera normal". Bajo esta premisa, nos enfrentamos a una interrogante que sacude los cimientos de nuestra identidad social: ¿Es la falta de dinero lo que nos degrada, o es una orfandad de significado lo que nos mantiene en la miseria?

Como estudiosa de la  Programación Neurolingüística (PNL) y observadora del ser, es decir, desde una perspectiva ontologica, analizo con preocupación los mapas mentales que rigen la conducta social. Caminar por nuestras calles  y avenidas es presenciar una disonancia cognitiva colectiva. Vemos cuadrillas gubernamentales limpiar espacios que, en cuestión de horas, son colonizados nuevamente por el desperdicio. Observamos semáforos recién activados que se convierten en meras sugerencias lumínicas para conductores y motorizados que transitan como si la vida fuera un recurso renovable, un "videojuego" sin botón de reinicio. Se crean leyes para disminuir accidentes de tránsito que nadie las hace cumplir.

Desde la PNL, entendemos que "el mapa no es el territorio". El problema es que el "mapa" interno de muchos ciudadanos está configurado en modo supervivencia extrema, incluso cuando no hay una amenaza real. Cuando un individuo lanza basura a una plaza recién recuperada, a una quebrada que ha sido saneada o ignora una norma de tránsito, está operando desde una pobreza ontológica: la incapacidad de reconocerse como parte de un sistema mayor. Si yo no me respeto a mí mismo, es imposible que respete el mobiliario urbano o la vida del prójimo.

Lo más alarmante ocurre en el núcleo del aprendizaje: el hogar y la escuela. El juego infantil de "te maté" después de un tiroteo "pá... pá... pá..."  con improvisadas pistolitas de palo que no son solo un juego; es la instalación de un programa lingüístico y conductual donde la violencia es la moneda de cambio para el reconocimiento social. Si una madre normaliza que su hijo "juegue a ser delincuente" "a ser el pran" , está validando un destino de marginalidad espiritual y posibles consecuencias por lamentar.

¿Y qué decir de la incoherencia? Maestras que en el aula dictan valores y en su hogar habitan el chisme, el desorden y el maltrato. Aquí no hay falta de presupuesto, hay una fractura en la coherencia del Ser. El lenguaje obsceno y el descuido del entorno privado son síntomas de una mentalidad que se siente "pobre", y por ende, cree que no merece belleza, orden ni paz.

La verdadera pobreza no es la ausencia de bienes; es la ausencia de propósito y de respeto por lo sagrado de la convivencia. La carencia económica se resuelve con producción, pero la carencia de valores se resuelve con una reconfiguración de nuestras creencias más profundas. Mientras sigamos pensando que "portarse bien, respetar las normas, no sirve de nada", seguiremos siendo mendigos en un mundo que tiene todo para que seamos prósperos.

Como cierre a este análisis que nos invita a la reflexión, las Sagradas Escrituras nos ofrecen una guía clara en Proverbios 23:7:

"Porque cual es su pensamiento en su corazón, tal es él". Este versículo es el principio básico de la ontología humana. No somos lo que tenemos en el banco,  sino lo que albergamos en nuestro pensamiento y sentimiento más profundo. Si en nuestro "corazón", nuestro sistema de creencias, reina el caos, la viveza criolla y el desprecio por la norma, eso es exactamente lo que proyectaremos en nuestras calles y en nuestros hijos. Para cambiar el paisaje de nuestra sociedad, primero debemos limpiar el paisaje de nuestra mente. La verdadera riqueza comienza cuando decidimos que nuestra dignidad no depende de cuánto tenemos, sino de cuánto cuidamos lo que nos rodea.

أحدث أقدم