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Silencio de records

Por: Oscar González Ortiz

La memoria histórica demuestra que los cambios nacen cuando el pueblo asume dificultades del prójimo como causa colectiva. Actualmente presenciamos contradicciones morales evidentes: la sociedad prodiga superior atención a mascotas domésticas respecto a compatriotas desamparados.

El Mundial 2026 concluido recientemente, aún retumba en cada rincón del planeta; esa fiesta de hazañas y marcas quebradas despertó euforia colectiva difícil de igualar. Así, mientras los reflectores iluminan a nuevos ídolos, la siguiente pregunta se cuela entre las gradas vacías de la conciencia: ¿por qué esa misma pasión no alcanza para atravesar las puertas de tantos hogares venezolanos donde yacen seres humanos condenados al encierro? 

Allí habitan personas con parálisis de miembros, hidrocefalia o trastornos neurológicos profundos, cuyas existencias transcurren en la penumbra del olvido social. De manera paralela, la familia enfrenta una titánica odisea sin redes de contención, sin redes sociales que informen esas causas; muchos padres, agotados por falta de recursos, abandonan la lucha en medio del desamparo

En efecto, la indiferencia pública convierte estas vidas en estadísticas mudas, mientras que ciertos animales domésticos reciben mayores atenciones que esos niños y adultos jamás conocen. Por consiguiente, surge una posibilidad concreta desde el llano guariqueño: las universidades que forman fisioterapeutas podrían levantar un registro estatal, de modo que cada estudiante, durante sus pasantías o al graduarse en esos primeros meses, asuma la responsabilidad de un paciente como proyecto académico permanente. Labor muy similar a la que realizan los estudiantes de la Facultad de Odontología, esta acción integrará el conocimiento científico con la sensibilidad popular, dignificando vidas olvidadas.

Esta medida, además de generar datos reales, inyectaría esperanza donde hoy reina el abandono. De igual forma, este artículo podría llegar a las Fundaciones de los propios deportistas célebres, esos Messis o Cristianos de la vida real, para que canalicen su influencia hacia estas causas invisibles. 

Entonces, no se trataría de caridad efímera, sería justicia estructural; se trataría de despertar conciencias dormidas que prefieren celebrar goles antes que mirar a los ojos de quien no puede aplaudir. Recientemente, un programa radial titulado “Una lucha sin apoyo” evidenció con crudeza esa orfandad institucional. 

En consecuencia, hace falta más que voluntad: hace mucha falta humanidad genuina, esa que no se negocia ni se televisa. Que el récord de asistencia en los estadios se convierta, al menos, en el récord de visitas a hogares que claman por un gesto solidario. La pelota rueda, pero el tiempo de estos seres no espera; ellos son el partido que nadie quiere arbitrar.

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