"Yo soy así" Un muro que el terremoto no derribó
Por: Deisy Viana
La tierra rugió dos veces y el país cambió para siempre. El concreto cedió, las paredes se abrieron y, en un parpadeo, la geografía de nuestras vidas quedó suspendida en el aire. Sin embargo, el derrumbe más amargo no ocurrió en las calles, sino en la intimidad de los hogares venezolanos. Esos sismos fracturaron mesas familiares, sembraron ausencias y nos dejaron a todos con el sistema nervioso roto. Hoy, el dolor es un habitante más en cada casa. En medio de este duelo colectivo, donde la fragilidad nos define, una frase sigue operando como una lija sobre las heridas abiertas: "Yo soy así".
Pronunciar esas palabras en la Venezuela de hoy es levantar un muro de piedra en medio del naufragio. El "yo soy así" funciona como un escudo anestésico que nos encierra en un egocentrismo involuntario. Nos ciega. Al refugiarnos en nuestro propio mundo, nuestro propio sufrimiento, nos volvemos incapaces de ver más allá de nuestra necesidad, invalidando las emociones y situaciones de los seres que amamos. Ignoramos que la familia, vecinos o amigos también llevan encima sus propios escombros, tal vez más pesados que los nuestros. Usar el temperamento como una licencia para culpar, herir o ignorar al otro es la forma más rápida de demoler lo poco que nos queda en pie.
Salir de este bucle destructivo exige activar la inteligencia emocional como una herramienta de reconstrucción urgente. La autorregulación no nos pide esconder el miedo, sino elegir qué hacer con él. El primer paso es la pausa consciente: antes de responder con indiferencia o agresividad, debemos respirar y reconocer el impacto de nuestras palabras. El segundo paso es la empatía radical. Necesitamos cambiar el foco de atención, mirar a los ojos a nuestra familia y seres queridos para entender que su dolor no compite con el nuestro; se acompaña.
La sabiduría bíblica retrata con crudeza el peligro de cerrarnos en el propio orgullo en tiempos de crisis. El libro de Proverbios 18:2 nos advierte: "Al necio no le complace el discernimiento, sino solo exhibir sus propias opiniones". Insistir en el "yo soy así" es la perfecta definición de esa necedad que se niega a aprender y a sanar en comunidad. El dolor nacional nos iguala a todos, pero la compasión nos puede salvar. Romper el bucle es un acto de valentía. Implica deponer las armas del orgullo, derribar los muros internos y cambiar la frase justificadora por una promesa de reconstrucción:
"Sé que sufres, estoy aquí y estoy aprendiendo a ser mejor para ti". Solo cuando dejamos de mirar exclusivamente nuestra propia herida, descubrimos que tenemos el poder de vendar la de los demás. La tierra se movió, es verdad, pero la arquitectura de nuestros afectos todavía puede sostenerse si decidimos, finalmente, aprender a amar desde la vulnerabilidad compartida y derribar el rígido muro del " yo soy así"
