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Contador de favores |

Por: Oscar González Ortiz

Cuando un ciudadano invocó la frase «Que Dios te lo pague» para un amigo que le prestó determinado servicio, este último respondió: me da pena con Dios por tantos favores y tanta vida recibida. Siento pena que digan esa frase, porque Dios dirá ese debe, ese viejito está enredado conmigo. 

Por otro lado, las sociedades contemporáneas se sostienen sobre estructuras económicas oficiales, como también en entramados invisibles de reciprocidades distorsionadas y tensiones no resueltas, ejemplo observable al momento de querer pagar un producto o servicio en algún establecimiento con la moneda dólar y te responden que es a tasa euro  —será que se requieren dólares europeos. 

El amigo expresa incomodidad ante la frase porque intuye una contabilidad celestial donde cada favor anota su nombre en él debe divino. Esa pena que siente revela: hemos convertido la gratitud en sistema de crédito y débito con el Infinito. La vida se vuelve deuda impagable cuando se mide con la lógica del intercambio comercial. En esta transacción imaginaria, la divinidad queda convertida en depositaria de compromisos que los sistemas terrenales no logran garantizar, generando un sentimiento inédito de insolvencia espiritual en el individuo que siente acumular favores impagables.

Esta semana las colmenas y síndromes continúan ocupando conversaciones, porque la mente colectiva busca patrones donde hay zumbidos caóticos, pareciese que esta sobrecarga simbólica encuentra reflejos materiales en la vida cotidiana del espacio público. Las noches transcurren con el cerebro en estado de vigilancia máxima, como si lo ocurrido en el mes de enero quisiera repetirse en cada crujido de las paredes. Los ruidos ya no son simples sonidos; se transforman en amenazas latentes que activan el sistema nervioso como resorte mal ajustado. 

La ansiedad generalizada y estrés postraumático no son diagnósticos clínicos aislados, constituyen expresiones de una sociedad que normalizó la alerta permanente. Cada vez que el vehículo se detiene en la calle, aparece un cuidador con la mano extendida, porque la supervivencia se tercerizó en esquinas y semáforos.

Requerimos cargar desde un saco de dinero efectivo hasta pago móvil para pagos de los cuidadores,  ya es tan rutinario como respirar, porque la matemática absurda decidió que el estacionamiento privado cuesta más que el producto por adquirir en determinado establecimiento. Sin embargo, la ciudadanía asimila esta distorsión como tasa inevitable de convivencia, suerte de tributación paralela que fragmenta espacios en las comunidades.  Esa ecuación perversa convierte cada salida en ejercicio de microeconomía conductual, donde la razón pierde contra el pensamiento crítico.

A la par de estos desajustes financieros, sumamos el desgaste neurobiológico de muchas personas, donde la reacción fisiológica ante el sonido estridente particular del celular no es un trastorno, porque el cuerpo aprendió que ese pitido anuncia temblores o desgracias. La hipervigilancia nocturna se instaló como política doméstica, porque la historia reciente demostró que el peligro no avisa con cortesía. 

El pueblo entero parece padecer el mismo síndrome: ese estado de alerta que convierte cada favor en deuda y cada ruido en presagio. Las colmenas sociales zumban con la misma intensidad que las alarmas sísmicas, porque ambas anuncian colapsos inminentes. La pena del amigo ante Dios refleja la pena colectiva frente a un sistema que enseñó a contar hasta los suspiros. La vida se ha vuelto un balance entre lo que debemos y tememos, donde el agradecimiento se transformó en obligación y la seguridad en mercancía.

Urge preguntarnos: ¿esta ansiedad sistémica dejará de ser síntoma individual? La constante expectativa de shock neutraliza la capacidad de respuesta social, condenando a la población a habitar vigilias perpetuas donde el entorno es percibido hostil, la economía resulta descabellada y la tranquilidad personal se vuelve un bien escaso.




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