Latidos de historia, réplicas y tierra |
Por: Oscar González Ortiz
El 24 de junio, mientras el pueblo conmemoraba la gesta heroica de la Batalla de Carabobo y el nacimiento del Ejército Nacional Bolivariano, bajo los tambores de San Juan, la tierra crujió, grabándose en la piel del territorio un atípico doblete sísmico de 39 segundos. Aquel temblor inusitado, inicialmente pensado como simple movimiento tectónico, desdibujó la cotidianidad, transformando el paisaje físico y emocional de miles de venezolanos en el preludio telúrico de una realidad ya cimbraba en la economía y fe del pueblo.
Un mes después, el 24 de julio, coincidiendo con el natalicio del Libertador Simón Bolívar y Día de la Armada Nacional Bolivariana honrándose la victoria naval del Lago de Maracaibo, el balance transita por telúricas réplicas de movimientos financieros donde el dólar escala unos cuantos puntos diariamente de manera continua e implacable.
Los sobrevivientes susurran que la mejor ayuda humanitaria es el cese definitivo del bloqueo que asfixia el porvenir; entretanto, la vida cotidiana continúa avanzando rodeada por retórica extranjera, proseguida entre acciones y comentarios del presidente de otro país sobre el porvenir de Venezuela.
En este lapso, la cotidianidad prosiguió entre pronósticos del mandatario extranjero y las arenas movedizas de las redes sociales, donde la guerra de comentarios fractura verdades como las fisuras en las casas. Surgen infinidades de aspirantes a candidatos presidenciales y gobernaciones, explicando promesas sobre el porvenir incierto, mientras el presente exige decisiones angustiosas, elegir: entre alimento y medicina; reparar el vehículo o techo y fisuras de la casa que amenaza con derrumbarse ante un estornudo.
La solidaridad se debate entre gestos genuinos y espectáculos de buscadores de fama; la paz mental se pierde en la vorágine de la desinformación, y el refugio se antoja como quimera frente a lluvias que calan los huesos y esperanzas. Las historias del pasado, aquellas de héroes y batallas, se entrelazan con las crónicas que escribimos hoy entre el barro y polvo. Recordemos que el tiempo presente es el crisol donde forjamos la historia del mañana.
Así, entre el resonar de los cañones de antaño y retumbar de la tierra, el pueblo se yergue como cronista testigo, consciente de que cada paso sobre la acera define el rumbo de la nación. Estamos, trazando el mapa del futuro que se decide en cada latido, en cada elección entre parálisis y acción, entre rendición y resistencia que esculpe el carácter de la patria.
Buscamos que permitan respirar sin el polvo de la incertidumbre, las expectativas y promesas orientan conclusiones del presente y futuro quedando un espacio llamado historia; ésta no espera, se escribe en el vértigo del por ahora, y en sus líneas yacen cimientos de lo que seremos. Escribimos el mañana en tiempo presente de la nueva historia venezolana.
