¿Quién se atreve a vivir en La Nueva Guaira? |
Por: Deisy Viana
La Guaira huele a polvo, a salitre y a sangre que brota de una herida abierta que se niega a cicatrizar. Ha transcurrido un mes desde aquel fatídico 24 de junio de 2026, cuando la tierra rugió con la furia de dos terremotos que fracturaron el alma entera de Venezuela. Hoy, el sonido de las alarmas de rescate ha sido sustituido por el rugido monótono de las maquinarias pesadas y el grito "fuego a la carga" .
Ha comenzado el proceso oficial de demoliciones controladas. Las estructuras de gran altura que desafiaron a la falla de San Sebastián caen convertidas en nubes de olvido gris como parte de los protocolos. Detrás del perímetro de seguridad, hombres y mujeres permanecen aferrados a las barandas, con los ojos inyectados en llanto y sosteniendo fotografías arrugadas. Son los rostros del duelo suspendido. "Mi hija estaba en el piso cuatro", susurra Carmen, con la voz quebrada. "Sé que dicen que ya no hay esperanza, pero ¿cómo me voy a ir con las manos vacías? ¿Cómo le digo adiós si ni siquiera he podido abrazar su cuerpo?" Cada edificio que se desploma se siente como un entierro definitivo y masivo.
¿Cómo se puede cerrar el proceso de duelo cuando el ser querido permanece sepultado bajo toneladas de cemento? Mientras tanto, ya se habla de reconstrucción y del nacimiento de la "Nueva Guaira". Probablemente las maquetas virtuales prometerán paseos sismorresistentes sobre los mismos abanicos aluviales que colapsaron en 1999 y en 2026 sin contar los registros existentes desde las capitulaciones escritas durante tiempos de la colonia. Ante esto, el pueblo se pregunta: ¿Podrá ser, de verdad, una nueva Guaira? ¿O estamos destinados a maquillar el peligro hasta que la naturaleza reclame lo suyo?
Una verdadera refundación no puede basarse en levantar paredes más vistosas ignorando la memoria del suelo. La concienciación ciudadana y gubernamental debe ser el pilar: entender que cada roca cuenta una historia de aludes y sismos. No habrá una nueva ciudad si se edifica el mañana pisoteando el dolor de quienes hoy lloran sobre las ruinas.
Para quienes no encontraron a sus seres queridos, la fe es el último refugio. La Sagrada Escritura regala una promesa de consuelo en Isaías 61:3: "A ordenar que a los afligidos de Sion se les dé gloria en lugar de ceniza, óleo de gozo en lugar de luto, manto de alegría en lugar de espíritu angustiado; y serán llamados árboles de justicia, plantío de Jehová, para gloria suya."
Dios no es indiferente al clamor de quien no encontró a su familia. Los seres queridos que las maquinarias no rescataron del suelo no están perdidos para el Creador; porque sus vidas ha trasciendido el concreto. El verdadero desafío de la "Nueva Guaira" es florecer como "árboles de justicia", levantando una sociedad consciente donde el recuerdo fiel de los que se fueron sea la roca firme sobre la cual se edifique el futuro.
