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Tenía el mejor trabajo del mundo

‎Por: Deisy Viana

‎¡Cuánta ironía tiene la vida! Aquel día el cielo parecía el escenario perfecto para volver a contar la historia del día. Con la pasión ardiendo en el pecho, aquella talentosa periodista solía repetir una frase que condensaba el orgullo por su vocación: "Tengo el mejor trabajo del mundo". Sin embargo, la brevedad de la existencia suele ocultarse tras la prisa de nuestras ambiciones. En cuestión de segundos, la altura se transformó en vértigo y la pregunta angustiada que lanzó al aire: "¿puedes levantarlo?" solo encontró por respuesta el silencio desesperado del piloto y el estruendo de un impacto fatal. Tres vidas se apagaron en un instante: la reportera, el piloto y un transeúnte anónimo que simplemente caminaba por el lugar, ajeno al drama que caía del cielo.

‎La fragilidad humana no avisa. Ocurre en la cabina de una aeronave, en las grietas imprevistas de un terremoto o en el silencio súbito de un corazón que se detiene a mitad de la jornada. Lo perturbador no es solo la rapidez con la que se apaga la luz de una vida, sino el engaño silencioso en el que habitamos mientras respiramos. ¿Cuántas personas caminan por el mundo creyéndose indispensables en sus puestos de trabajo? Se sacrifican cenas familiares, se posponen los abrazos de los hijos y se regala la salud a un escritorio bajo la ilusión de que, sin nuestra presencia, el mundo laboral se detendrá.

‎La realidad es tan fría como aleccionadora. Apenas un tiempo después de la partida, el lugar de trabajo reasigna las funciones, la empresa o la institución contrata a un sustituto y la rutina corporativa absorbe la ausencia con pasmosa indiferencia. Al poco tiempo, el nombre se convierte en un recuerdo lejano en los pasillos. Nadie es insustituible para un empleo. Sin embargo, al cruzar el umbral del hogar, la historia es devastadoramente distinta: en la mesa queda una silla vacía que jamás volverá a ocuparse y un dolor que ninguna estructura corporativa podrá reparar.

‎Creerse imprescindible en un trabajo es un espejismo del ego; saberse valioso para quienes nos aman es la verdadera esencia de vivir. No vale la pena entregar la vida a un empleo que continuará al día siguiente sin nosotros. Como lo advierte con profunda lucidez la Escritura en Santiago 4:14: "¿Qué es vuestra vida? Ciertamente es un vapor que aparece por un poco de tiempo, y luego se desvanece".

‎Si la vida es tan breve como un suspiro en el aire, que el destino no nos busque exhaustos en una oficina que nos olvidará pronto, sino presentes en el abrazo de aquellos para quienes verdaderamente fuimos el mundo entero.

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