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Venezuela: Bruma Emocional

Por Deisy Viana

Déjame contarte que desde el 3 de enero, las calles de Venezuela parecen haber sido cubiertas por un manto invisible de silencio. No es el silencio de la calma, sino el que antecede a la tormenta o, peor aún, el que queda después de ella. Un silencio que eriza la piel, que se cuela por las rendijas de las casas y se instala en las miradas de quienes caminan sin rumbo fijo, con el ceño fruncido y el corazón encogido en medio de una normalidad poco normal. 

En las esquinas, los murmullos reemplazan a las carcajadas. Se escuchan frases sueltas: “Esto no tiene arreglo”, “¿Hasta cuándo?”, “Ya no se puede confiar en nadie”. "¿Qué va a suceder ahora?" Algunos hablan con rabia, otros con miedo. La confusión se mezcla con la impotencia, y el pesimismo amenaza con devorar la chispa que siempre ha caracterizado al venezolano: su capacidad de reinventarse, de reírse en medio del caos, de emprender con lo poco que tiene.

Pero en medio de esta bruma emocional, hay quienes se resisten a rendirse. Son los que, sin negar la realidad, se aferran a una certeza más profunda: la de que todo proceso de oscuridad también puede ser el umbral de una nueva luz. La resiliencia no es negar el dolor, sino aprender de él. Es mirar de frente la adversidad y decidir no dejarse arrastrar por ella. Es aprender a surfear la ola... 

En estos días, todos están pendientes de las noticias, las redes sociales se han convertido en un campo minado de desinformación, donde el emocionalismo se disfraza de verdad y la indignación se convierte en espectáculo, urge una pausa. Una pausa para pensar, para discernir, para no ser eco de noticias falsas que no edifican. Porque no todo lo que se dice es cierto, y no todo lo que se siente debe guiar nuestras decisiones.

La Biblia, en su sabiduría milenaria, nos recuerda:  

“Pero los que esperan a Jehová tendrán nuevas fuerzas; levantarán alas como las águilas; correrán, y no se cansarán; caminarán, y no se fatigarán.” — Isaías 40:31.

Este versículo no es una promesa mágica, sino una invitación a la perseverancia. A confiar, incluso cuando todo parece perdido, porque detrás de las adversidades se esconden las oportunidades. A entender que la esperanza no es ingenuidad, sino una decisión consciente de mirar más allá del presente, de ser capaces de salir de lo habitual para confrontar los nuevos tiempos. 

Hoy, más que nunca, necesitamos esa esperanza activa. Una fe que no se limite a esperar milagros, sino que nos impulse a construirlos. Una resiliencia que no sea resignación, sino motor de transformación. Y una conciencia crítica que nos permita distinguir entre lo que nos hunde y lo que nos eleva al bienestar.

Déjame contarte que Venezuela no es solo su historia reciente. Es también su gente, su memoria, su capacidad de renacer. Y aunque el camino sea incierto, si lo andamos con fe, con verdad y con propósito, el futuro puede ser distinto. Puede ser mejor y seguramente así será, que la bruma emocional no nos ciegue las esperanzas.

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