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 ¿Y Ahora Qué?  

Por: Deisy Viana

Anoche no dormí. No por falta de sueño, sino por una inquietud sin nombre que me rondaba el pecho, como si el alma supiera antes que la mente que algo estaba por quebrarse. Y entonces, el teléfono sonó. “Mira las noticias, algo está sucediendo”, dijo la voz al otro lado. Y con esa frase, el insomnio se convirtió en vigilia, y la vigilia en zozobra.

Las pantallas se encendieron, las redes estallaron, los rumores se multiplicaron como ecos y con ellos la angustia. Comunicados oficiales, cadenas de WhatsApp y redes sociales, transmisiones en vivo, titulares que se contradecían entre sí, fakes news ¿Qué es verdad? ¿Qué es manipulación? ¿Qué es simple desesperación disfrazada de información?

En medio del caos informativo, lo más elocuente fue el silencio. Ese silencio denso que se cuela por las rendijas de las casas, que se instala en las miradas de los vecinos, que se siente en las calles medio vacías, en los anaqueles de comercios invadidos por compras nerviosas, en los corazones medio rotos. Un silencio que no es paz, sino pausa. Una pausa que antecede a algo. ¿Pero a qué?

Leyendo entre líneas. No es la primera vez que Venezuela se enfrenta a un punto de quiebre. Pero esta vez hay algo distinto. No solo por la magnitud de los hechos, sino por la forma en que nos atraviesan. Porque más allá de los discursos, de las banderas, de los bandos y las consignas lo que está en juego es la verdad. Y la verdad, en tiempos de confusión, se vuelve un bien escaso, frágil, manipulable.

Hoy más que nunca necesitamos discernimiento. No solo para identificar lo falso, sino para comprender lo verdadero. Para leer entre líneas, para detectar las intenciones ocultas, para no dejarnos arrastrar por el sensacionalismo ni por el miedo. Porque el miedo paraliza, pero también manipula. Y cuando el miedo gobierna, la conciencia duerme.

Pero ¿Cuál es el precio emocional? Los cambios duelen. Porque implican pérdida, incertidumbre, duelo. Hoy hay rostros ausentes, familias separadas, palabras no dichas, decisiones que no se pueden postergar. Hay quienes aprovechan el desconcierto para sembrar caos, y quienes lo aprovechan para vender esperanza en frascos vacíos. Pero también hay quienes, en silencio, oran, ayudan, contienen, resisten.

No sabemos qué vendrá. Pero sí sabemos que lo que hagamos hoy, en este umbral, definirá el mañana. No solo en términos políticos o sociales, sino en lo más íntimo: en nuestra capacidad de seguir siendo humanos, de no perder la empatía, de no ceder a la tentación de la violencia o la indiferencia.

En momentos como este, la Palabra de Dios no es un refugio para evadir la realidad, sino una brújula para atravesarla con sabiduría. El apóstol Pablo escribió:  

“Examinadlo todo; retened lo bueno” (1 Tesalonicenses 5:21).  

No se trata de creer todo lo que vemos o escuchamos ni de rechazarlo todo por sistema, sino de discernir. De buscar la verdad con humildad y firmeza.

Jesús, en medio de un contexto político convulso, dijo: “La verdad os hará libres” (Juan 8:32).  

Pero esa libertad no es automática: requiere compromiso, búsqueda, disposición a confrontar nuestras propias cegueras, sin caer en espejismos o manipulaciones de quienes persiguen sus propios intereses. 

Y ante la ansiedad que nos consume, el consejo es claro:  

“Por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias. Y la paz de Dios… guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús” (Filipenses 4:6-7). Es un llamado a la conciencia...

Hoy no escribo por escribir, sino para hacer un llamado. A la serenidad. A la responsabilidad. A la conciencia. A no ser eco de lo que no hemos verificado. A no ser cómplices del odio disfrazado de justicia. A no perder la humanidad en medio de la historia.

Porque los tiempos que vienen, aunque distintos, pudieran ser peores o tal vez no ¿Quién lo sabe? Creo que si elegimos la verdad sobre la conveniencia, la empatía sobre el juicio, la fe sobre el miedo podremos mirar con más claridad el panorama.

Y si esta noche vuelve el insomnio, que no sea por la incertidumbre o por el presentimiento, sino por la conciencia despierta en medio de un clamor: ¡Dios proteja a nuestra Venezuela!

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