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El Precio de la Malicia

Por: Deisy Viana

Déjame contarte que todo comenzó con una necesidad: la compra de un repuesto. Llamé, pregunté, me dieron el precio. Cinco minutos después, al confirmar la compra, ya había subido. “Fue un error”, dijeron al día siguiente, como si diez dólares más fueran un detalle menor. Como si el tiempo, la palabra y la necesidad no valieran nada.

No es un caso aislado. Es una escena repetida en talleres, farmacias, abastos, ferreterías. El precio que no es precio. El presupuesto que se infla. El servicio que se cobra como si fuera un lujo. El ciudadano que paga, no solo con dinero, sino con ansiedad, frustración y una sensación creciente de impotencia.

Más allá de la economía, lo que duele es la pérdida de confianza. La sospecha constante. La idea de que si no estás alerta, alguien se aprovechará de ti. Que si no preguntas tres veces, te estafan. Que si no peleas, pierdes. Y así, poco a poco, se va erosionando algo más profundo que el bolsillo: la convivencia.

La llamada “viveza” -esa supuesta astucia para sacar ventaja del otro- ha dejado de ser una anécdota simpática para convertirse en una forma de malicia normalizada. Una que se justifica con frases como “todo el mundo lo hace” o “hay que sobrevivir”. Pero cuando la supervivencia se convierte en excusa para el abuso, el tejido social se deshilacha.

Porque cada vez que alguien infla un precio sin razón, cada vez que se cobra por mirar o por “hacer el favor”, se rompe un hilo de confianza. Y sin confianza, no hay comunidad. Solo hay individuos compitiendo descaradamente, desconfiando, sobreviviendo a costa del otro.

¿Cómo se flota en este mar sin hundirse en la rabia o la resignación? Tal vez recordando que aún hay quienes actúan con honestidad, que aún hay quienes creen en la palabra dada, en el precio justo, en el servicio con vocación. Tal vez siendo nosotros esos “alguien”. Porque cada acto de integridad, por pequeño que parezca, es un salvavidas lanzado al otro. Y también a nosotros mismos.

Escrito está “No hagas injusticia en el juicio, ni favoreciendo al pobre ni complaciendo al poderoso; con justicia juzgarás a tu prójimo.” - Levítico 19:15

La justicia no se mide por lo que ganamos, sino por cómo tratamos al otro. En tiempos difíciles, la tentación de aprovecharse puede parecer comprensible, pero no es justificable. Dios nos llama a actuar con equidad, a no torcer la balanza, a no usar la necesidad ajena como oportunidad de lucro. Que nuestras acciones sean un reflejo de la justicia que anhelamos recibir, porque con la misma vara que medimos seremos medidos.

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