Crónica del Amor Ausente
Por: Deisy Viana
Cada febrero, las vitrinas se visten de rojo, los escaparates se llenan de corazones y las calles se inundan de mensajes que proclaman el “día del amor y la amistad”. Una fecha que, más que invitar a la reflexión sobre el verdadero sentido de amar, parece haberse convertido en un escaparate comercial donde los detalles valen según su precio y el afecto se mide en la factura de una tienda.
En medio de esta celebración, la amistad se ve reducida a un gesto superficial. Allí donde debería florecer la solidaridad, la empatía y el apoyo mutuo, prevalecen la crítica, la indiferencia, la envidia y hasta los malos deseos disfrazados de cortesía. La hipocresía se instala como invitada incómoda en un banquete que debería estar presidido por la sinceridad.
En las parejas, el panorama no es más alentador. El amor, que debería ser refugio y compañía, se ve amenazado por la impaciencia, la intolerancia, la indiferencia, la monotonía y, en no pocos casos, la infidelidad. ¿Cómo entonces aspiramos a construir familias sólidas y comunidades fundamentadas en valores, si el cimiento mismo del amor se resquebraja en la vida cotidiana?
La pregunta es inevitable: ¿qué generación estamos creando? Una generación que confunde afecto con consumo, que sustituye la ternura por la indiferencia y que parece olvidar que la indolencia está muy lejos del amor.
Hace siglos, alguien preguntó a Jesús cuál era el mandamiento más grande. Su respuesta fue clara y contundente: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Y el segundo es semejante: amarás a tu prójimo como a ti mismo”. En esas palabras se resume la esencia del amor verdadero: un amor que no se mide en regalos ni en apariencias, sino en la capacidad de entregarse, de comprender y de perdonar.
La reflexión queda abierta: ¿amamos en la misma medida en que queremos ser amados? Tal vez el verdadero desafío de este día no sea comprar un obsequio, sino rescatar la autenticidad del amor en todas sus formas: en la amistad sincera, en la pareja que se acompaña en la adversidad, en la familia que se sostiene en valores, y en la comunidad que se construye desde la solidaridad.
El amor no es un producto de temporada. Es un compromiso diario, un acto de resistencia frente a la indiferencia y un camino que, aunque exige esfuerzo, nos recuerda que solo en él se encuentra la posibilidad de transformar la sociedad.
