Tu Portal de Noticias. Notiexpres24

 


Cuando la Arena de Toros refleja nuestra herencia colonial

 

Por Julio Ramos

En la penumbra de la tradición, se esconde un eco que resuena con siglos de historia. Las corridas de toros, un espectáculo que aún se celebra en diversas latitudes, nos confrontan con una herencia incómoda, un vestigio de la conquista y la imposición cultural que, a menudo, preferimos ignorar. Más allá del fervor de la multitud, del traje de luces y del clamor de la música, late la verdad incómoda: la tauromaquia, en su esencia, es un reflejo crudo de nuestra herencia colonial.

Recordemos los orígenes. Cuando los conquistadores españoles desembarcaron en América, no solo trajeron consigo enfermedades y un nuevo sistema de gobierno, sino también sus costumbres, sus ritos y sus formas de entretenimiento. Entre ellas, la lidia de toros, un espectáculo de sangre y valor, se arraigó en el nuevo continente. No fue una adopción casual; fue un acto de imposición cultural, una manera de afirmar el poder y la identidad del colonizador frente al colonizado. La arena se convirtió en un escenario donde el dominio de lo "civilizado" sobre lo "salvaje" se escenificaba, donde el hombre europeo demostraba su valentía frente a la fuerza bruta de la naturaleza, representada por el toro.

La tauromaquia, al igual que muchas otras prácticas coloniales, se instauró como un símbolo de estatus, de poder y de una supuesta superioridad. Los criollos, aquellos nacidos en América pero descendientes de europeos, adoptaron estas tradiciones para afirmar su pertenencia a la élite y distanciarse de las culturas originarias. La corrida de toros se convirtió, así, en un ritual de validación, una manera de perpetuar la identidad impuesta por la metrópoli. La violencia, disfrazada de arte y coraje, se normalizó, dejando una huella profunda en la psique colectiva de muchas naciones latinoamericanas.

Hoy, cuando observamos las corridas de toros, debemos preguntarnos: ¿Qué estamos celebrando realmente? ¿Es un acto de preservación cultural o la persistencia de una dinámica de poder que ya no nos representa? La apología de la violencia, la humillación de un ser vivo por entretenimiento, la glorificación de la muerte como espectáculo, son elementos que chocan frontalmente con los valores de una sociedad que aspira a la empatía, al respeto por la vida y a la superación de las estructuras de dominación.

Es hora de confrontar el legado colonial en todas sus manifestaciones. La tauromaquia, con su carga histórica de imposición y violencia, es una de esas manifestaciones que debemos analizar críticamente. No se trata de negar la historia, sino de comprenderla en su totalidad para poder trascenderla. La valentía no se mide en la capacidad de infligir sufrimiento, ni el arte en la glorificación de la muerte. El verdadero progreso reside en construir un futuro donde la compasión y el respeto por todas las formas de vida sean los pilares fundamentales.

El grito de la arena, con su historia teñida de sangre y colonialismo, nos llama a la reflexión. Es momento de cuestionar nuestras tradiciones, de despojarnos de los ecos sangrientos del imperio y abrazar un futuro más humano, más empático y verdaderamente libre de las cadenas del pasado.

Una cosa es matar para alimentarse, un acto ancestral y necesario para la supervivencia de las especies, y otra muy distinta es matar por el puro y mero placer del espectáculo. Ahora bien, de inmediato surgirá la defensa: "El toro va para el consumo humano, no se desperdicia nada". Y es precisamente en esa justificación donde reside la perversa sutileza de nuestra herencia colonial, el último vestigio de una mentalidad que normalizó el desprecio por la vida ajena en nombre de la utilidad o del dominio.

Si bien es cierto que, en muchas tradiciones taurinas, la carne del toro puede ser consumida posteriormente, esta conveniencia no borra la motivación principal del espectáculo: la lidia y la muerte como entretenimiento.

Espero que con este escrito no herir susceptibilidades, ni políticas, ni económicas de quienes están detrás de este negocio, de imposición cultural que debemos dejar en el pasado, y recordarlo como un acto de dominio cultural que aun persiste y que tiene muchos defensores…  

Artículo Anterior Artículo Siguiente