Cuando
la Arena de Toros refleja nuestra herencia colonial
Por
Julio Ramos
En
la penumbra de la tradición, se esconde un eco que resuena con siglos de
historia. Las corridas de toros, un espectáculo que aún se celebra en diversas
latitudes, nos confrontan con una herencia incómoda, un vestigio de la
conquista y la imposición cultural que, a menudo, preferimos ignorar. Más allá
del fervor de la multitud, del traje de luces y del clamor de la música, late
la verdad incómoda: la tauromaquia, en su esencia, es un reflejo crudo de
nuestra herencia colonial.
Recordemos
los orígenes.
Cuando los conquistadores españoles desembarcaron en América, no solo trajeron
consigo enfermedades y un nuevo sistema de gobierno, sino también sus
costumbres, sus ritos y sus formas de entretenimiento. Entre ellas, la lidia de
toros, un espectáculo de sangre y valor, se arraigó en el nuevo continente. No
fue una adopción casual; fue un acto de imposición cultural, una manera de
afirmar el poder y la identidad del colonizador frente al colonizado. La arena
se convirtió en un escenario donde el dominio de lo "civilizado"
sobre lo "salvaje" se escenificaba, donde el hombre europeo
demostraba su valentía frente a la fuerza bruta de la naturaleza, representada
por el toro.
La
tauromaquia, al igual que muchas otras prácticas coloniales, se instauró como
un símbolo de estatus, de poder y de una supuesta superioridad. Los criollos,
aquellos nacidos en América pero descendientes de europeos, adoptaron estas
tradiciones para afirmar su pertenencia a la élite y distanciarse de las
culturas originarias. La corrida de toros se convirtió, así, en un ritual de
validación, una manera de perpetuar la identidad impuesta por la metrópoli. La
violencia, disfrazada de arte y coraje, se normalizó, dejando una huella
profunda en la psique colectiva de muchas naciones latinoamericanas.
Hoy,
cuando observamos las corridas de toros, debemos preguntarnos: ¿Qué estamos
celebrando realmente? ¿Es un acto de preservación cultural o la persistencia de
una dinámica de poder que ya no nos representa? La apología de la violencia, la
humillación de un ser vivo por entretenimiento, la glorificación de la muerte
como espectáculo, son elementos que chocan frontalmente con los valores de una
sociedad que aspira a la empatía, al respeto por la vida y a la superación de
las estructuras de dominación.
Es
hora de confrontar el legado colonial en todas sus manifestaciones. La
tauromaquia, con su carga histórica de imposición y violencia, es una de esas
manifestaciones que debemos analizar críticamente. No se trata de negar la
historia, sino de comprenderla en su totalidad para poder trascenderla. La
valentía no se mide en la capacidad de infligir sufrimiento, ni el arte en la
glorificación de la muerte. El verdadero progreso reside en construir un futuro
donde la compasión y el respeto por todas las formas de vida sean los pilares
fundamentales.
El
grito de la arena, con su historia teñida de sangre y colonialismo, nos llama a
la reflexión. Es momento de cuestionar nuestras tradiciones, de despojarnos de
los ecos sangrientos del imperio y abrazar un futuro más humano, más empático y
verdaderamente libre de las cadenas del pasado.
Una
cosa es matar para alimentarse, un acto ancestral y necesario para la
supervivencia de las especies, y otra muy distinta es matar por el puro y mero
placer del espectáculo. Ahora bien, de inmediato surgirá la defensa: "El
toro va para el consumo humano, no se desperdicia nada". Y es precisamente
en esa justificación donde reside la perversa sutileza de nuestra herencia
colonial, el último vestigio de una mentalidad que normalizó el desprecio por
la vida ajena en nombre de la utilidad o del dominio.
Si
bien es cierto que, en muchas tradiciones taurinas, la carne del toro puede ser
consumida posteriormente, esta conveniencia no borra la motivación principal
del espectáculo: la lidia y la muerte como entretenimiento.
Espero
que con este escrito no herir susceptibilidades, ni políticas, ni económicas de
quienes están detrás de este negocio, de imposición cultural que debemos dejar
en el pasado, y recordarlo como un acto de dominio cultural que aun persiste y
que tiene muchos defensores…
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