Trabajadora Social Por Elección
Por: Deisy Viana
Déjame contarte que esta semana se conmemoró una fecha que casi nadie recuerda: El Día del Trabajador Social. La vida de este profesional es un camino que se recorre con los pies firmes en la realidad y el corazón abierto a la fragilidad humana. No es una profesión cualquiera, es una vocación que exige sensibilidad para escuchar y comprender, pero también fortaleza para sostener al que se derrumba.
Alguien me dijo esta semana: “es que cuando atiendo un caso me quedo sin palabras”. Y es cierto. Hay momentos en los que la crudeza de la vida nos deja mudos. Pero el trabajador social no puede quebrarse delante del que está quebrado. Su deber es mantener el criterio, ser la voz que alienta, la mano que impulsa, el rostro que transmite esperanza. La contención es su herramienta, la serenidad su escudo y esas virtudes terminan conduciendole al liderazgo que muchos fingen tener.
Sin embargo, detrás de esa firmeza hay un ser humano que también siente, que también se duele. Al llegar a casa, a puerta cerrada, se permite llorar. Porque las lágrimas son la válvula que libera el cúmulo de emociones que no pueden estallar frente a la gente. Es allí, en la intimidad, donde se drena la carga para poder volver al día siguiente con la misma entereza.
Han pasado más de veinte años desde que inicié esta hermosa labor. He aprendido tanto que cada experiencia se ha convertido en un maestro silencioso. He acompañado casos imposibles, he visto personas entregar su último suspiro en mis brazos, he hecho justicia, he dado, y sobre todo, he conocido gente maravillosa que me ha enseñado el verdadero significado de la resiliencia.
De las malas experiencias no reniego. Cada una me ha dejado una lección de vida, un recordatorio de que incluso en el dolor hay aprendizaje. Por eso soy agradecida, por todo lo vivido, por cada rostro, cada historia, cada batalla compartida.
El trabajador social es, en esencia, un puente entre la vulnerabilidad y la esperanza. Un ser que se quiebra en silencio para poder ser fuerte en público. Que transforma la dureza de la realidad en palabras de aliento, y que convierte la tristeza en impulso para seguir luchando.
Y en medio de todo, la fe se convierte en refugio. Porque como dice la Escritura:
“Bienaventurados los que lloran, porque ellos recibirán consolación.”
(Mateo 5:4)
Si el tiempo se pudiera devolver y Dios me diera la oportunidad de elegir, nuevamente elegiría ser esta trabajadora social.
