Tu Portal de Noticias. Notiexpres24



Salto mortal desde el piso 9 por prohibirles usar el telefono

Por: Deisy Viana

Aquella madrugada tres hermanas adolescentes habían decidido lanzarse desde lo alto de un edificio, incapaces de soportar la medida de control que sus padres habían impuesto: la prohibición del uso del teléfono. El hecho estremeció a la sociedad y abrió una pregunta que nos atraviesa a todos: ¿hasta dónde puede llegar la adicción digital cuando la vida parece perder sentido sin una pantalla?

La tragedia no se explica solo por la prohibición momentánea. Se gesta en un terreno más profundo: en hogares donde el tiempo de calidad se sustituye por dispositivos, donde los padres —absorbidos por la prisa y las ocupaciones— delegan la crianza a juegos y redes sociales. La falla no está únicamente en consentir todo lo que los hijos piden, sino en no construir lazos de comunicación sólidos, en no enseñar que el afecto y la presencia valen más que cualquier notificación.

Y ninguno venga a decir que eso no sucedió aquí y por eso le restan relevancia, porque son incontables los casos de niños, niñas y adolescentes que todos conocemos que portan mejores teléfonos que sus padres, viven esclavizados a los juegos y redes sociales y si les amenazan con quitarles el aparato montan tremendo "berrinche", dejan de comer, amenazan con irse de casa y hasta más, y esto ocurre hasta en las mejores familias. 

Las redes sociales y los videojuegos, usados sin límites, se convierten en espejos distorsionados que moldean emociones, valores y conductas. Allí se aprende a competir por “likes”, a medir la valía por seguidores, a normalizar la violencia verbal y el aislamiento. La crítica no es a la tecnología en sí, porque es una herramienta poderosa si se sabe aprovechar, sino al uso irresponsable que erosiona la capacidad de convivir y dialogar.

Frente a este panorama, urge una educación emocional digital. Una propuesta que enseñe a comunicar con respeto y conciencia, que forme a niños y adolescentes en el manejo de sus emociones frente a la inmediatez de las pantallas. Padres presentes, capaces de proteger, establecer límites sanos y brindar tiempo de calidad, son el eje de esta transformación. No se trata de prohibir, sino de acompañar; no de controlar, sino de guiar con firmeza y ternura.

La Biblia nos recuerda: “Instruye al niño en su camino, y aun cuando fuere viejo no se apartará de él” (Proverbios 22:6). Este versículo ilumina la responsabilidad de los padres: sembrar valores y afecto desde temprano, para que la vida digital no se convierta en un abismo, sino en un espacio de crecimiento y aprendizaje. La reflexión es clara: la instrucción no es solo académica, es emocional, espiritual y relacional.

Déjame contarte que la tragedia sufrida por las tres hermanas es real y nos obliga a mirar más allá de la pantalla. Nos exige preguntarnos qué tiempo dedicamos a escuchar, qué límites establecemos y qué ejemplo damos. Porque en la era digital, educar el corazón es tan urgente como enseñar a leer y escribir.

أحدث أقدم