Paisajes calcinados en autopistas
Oscar González Ortiz3
Mientras el vecino enciende llamas para quemar basura en el solar o agricultores encienden fuego para limpiar el área del conuco, desatan reacciones en cadena que ignoran linderos geográficos y sociales. Observar el humo ascendiendo está normalizado en la cotidianidad, costumbre que afecta pulmones de adultos mayores como vitalidad de niños que no podrán asistir a labores escolares, seguramente por estar recluidos en algún centro asistencial.
Ese humo, aparentemente local, contiene mezclas complejas de gases y partículas microscópicas capaces de penetrar profundamente el sistema respiratorio de seres humanos, desencadenando problemas inmediatos: alergias, asma, tos, ardor en los ojos y dificultad para respirar. También afecta a las especies animales.
Resulta imperativo evocar el pensamiento de Simón Rodríguez: ante la crisis ambiental toca inventar nuevas formas de convivencia o errar definitivamente el camino hacia la preservación del ecosistema. La normalización del paisaje calcinado en las autopistas revela preocupante erosión de la conciencia colectiva. Al tiempo que los centros de salud reciben a ciudadanos vulnerables con crisis respiratorias, la figura de José María Vargas emerge para diagnosticar esta emergencia de salud pública que trasciende la medicina clínica y preventiva.
No basta con invocar el modo milagro ante el Dr. José Gregorio Hernández para pedir sanación, requerimos de políticas que transformen la cultura del fuego en ética de protección de la salud, para no enfocarnos en asistencias paliativas que conducirán a rifas, sorteos, bingos para cubrir tratamientos.
Un alto porcentaje de los incendios forestales tiene origen en acciones humanas; la quema para preparar conucos, deshacerse de basura y deforestación para ampliar fronteras agropecuarias, generan incendios de vastas proporciones que degradan ecosistemas, liberando millones de toneladas de CO₂ y la vez, creando condiciones más propicias para peores incendios.
El resultado es: crisis de salud pública silenciosa, la contaminación por material particulado puede asociarse con enfermedades respiratorias, cardiovasculares y muertes prematuras. Ver serranías en llamas desde la autopista u hospitales recibiendo pacientes con afecciones respiratorias son dos caras de la misma moneda. Por lo tanto, esperar milagros para la salud colectiva es política fallida.
La verdadera solución no está en adquirir más nebulizadores y medicinas para las comunidades, hay que apagar el fuego en su origen; el verdadero triunfo reside en que el niño pueda jugar en su patio sin inhalar la negligencia del entorno. La soberanía del pueblo requiere pureza de su oxígeno e integridad para la protección de la fauna, elementos que hoy demandan compromisos con la vida.
