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Dicen los Anti-Resilientes:

¡Nada Cambia!

Por: Deisy Viana

En una tarde cualquiera, el pulso de la ciudad parecía acelerarse en los pasos de una joven madre que cargaba a su hijo en brazos. Al preguntarle qué le sucedía, su respuesta fue un retrato de la resignación: “Siento que nada ha cambiado, todo sigue igual o peor. Antes madrugaba para estudiar, ahora madrugo para atender al niño y los oficios del hogar. Y en vez de recibir ayuda, siento que es peor. Este niño solo me quita tiempo y no puedo descansar”.  

Sus palabras, duras y desgarradoras, revelan una percepción que contrasta con la realidad de tantas mujeres que darían todo por tener a sus hijos sanos. Lo que debería ser motivo de gratitud, se convierte en una carga cuando la vida se observa desde la falta de visión y esperanza.  

Horas más tarde, en un comercio, otro testimonio repetía el mismo guion. El dueño, con gesto abatido, resumía su día: “Nada ha cambiado, todo caro, no hay gente en la calle, esto está cada vez peor”. Su desánimo era tan contagioso que casi lograba apagar el entusiasmo de quien llegaba con ilusión de emprender.  


En ambos casos se repite un patrón: esperar que algo externo transforme la realidad, mientras se ignora el poder de las pequeñas decisiones cotidianas. La falta de visión lleva a percibir la vida como un círculo cerrado, donde nada mejora y todo empeora. Esta actitud no solo afecta al individuo, sino que se expande como una sombra en lo social, generando comunidades que se paralizan en la queja y la resignación.  

El desánimo se convierte en costumbre, y la costumbre en cultura. Así, la esperanza se diluye y la resiliencia se debilita.  

La visión es la capacidad de mirar más allá del presente inmediato, de proyectar posibilidades y construir caminos. Cuando falta, la vida se reduce a sobrevivir el día a día, sin propósito ni dirección. La ausencia de visión alimenta la frustración y el pesimismo, porque no hay un horizonte que motive a caminar.  

Decisiones que alimentan la esperanza

Romper este ciclo exige pequeñas pero firmes decisiones:  

- Cambiar la narrativa interna: sustituir la queja por gratitud.  

- Actuar en lo posible: un paso pequeño, como organizar mejor el tiempo o iniciar un proyecto sencillo, puede marcar diferencia.  

- Buscar apoyo real: compartir cargas y responsabilidades en vez de acumularlas en silencio.  

- Cultivar la resiliencia: entender que las dificultades son parte del proceso, no el final del camino.  

La Biblia nos recuerda: “Porque yo sé los planes que tengo para vosotros —declara el Señor— planes de bienestar y no de calamidad, para daros un futuro y una esperanza” (Jeremías 29:11).  

Este versículo nos invita a levantar la mirada, a confiar en que la vida no está condenada al estancamiento, sino que puede transformarse con visión, esperanza y decisiones conscientes.

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