El Jonrón de la Esperanza
Por: Deisy Viana
El diamante no era solo tierra y cal; era, por unas horas, el único lugar de Venezuela donde la incertidumbre no tenía permiso para entrar. Mientras el marcador avanzaba, el país entero contenía el aliento. No importaba si en el bolsillo los bolívares se desvanecían ante el avance implacable del dólar o si la cena de esa noche era una interrogante, los que estaban lejos se sentían cerca. En ese instante, la hazaña estaba ocurriendo: Venezuela vencía a los gigantes, a los "mejores del mundo", con una fuerza que no provenía solo de los bates, sino de una energía especial que los jugadores no temieron mostrar: la fe.
Vimos algo poco común en el deporte profesional de alta competencia. No hubo egos inflados ni celebraciones solitarias. Hubo rodillas en tierra y manos alzadas al cielo. El equipo se encomendó a Dios en cada partido, transformando el dugout en un altar y el campo en un testimonio aferrados a la voluntad divina. Esa valentía de orar y agradecer en público no solo les dio serenidad a ellos, sino que logró algo más profundo: conectó la pasión herida de la fanaticada con una esperanza renovada, recordándonos que existe una relación única y verdadera con el Creador que va más allá de la religión.
Sin embargo, al apagarse las luces del estadio, la crónica de nuestra realidad vuelve a golpearnos. Venezuela vive sumergida en la volatilidad económica, donde el valor del trabajo parece diluirse cada día. Pero lo más doloroso no es la falta de divisas, sino la carencia de empatía que ha permeado nuestra sociedad. Vemos a diario el roce de pensamientos distintos que termina en insulto, al trabajador que cumple su labor de mala gana, al oportunista que busca escalar sobre los hombros ajenos, y a aquellos que, consumidos por el recelo, intentan apagar el brillo de quien destaca.
Lo irónico —y lo hermoso— es que toda esa gente, con sus problemas y sus posturas enfrentadas, estaba allí, celebrando el mismo out. El que insulta y el que aconseja, el que brilla y el que envidia, todos gritaban por el mismo equipo. Estábamos, por fin, de acuerdo en un mismo fin.
Si somos capaces de dejar de lado nuestras miserias por un juego de béisbol, ¿por qué nos cuesta tanto tener esa misma empatía por el resto de las situaciones de la vida? La verdadera hazaña no fue solo ganar el torneo; fue demostrarnos que, bajo la misma bandera y bajo el mismo Dios, aún podemos ser uno solo. Que nuestra fe no sea solo para pedir un triunfo deportivo, sino para reconstruir el respeto, la hermandad que tanto nos hace falta y que la llama del amor a Dios y al prójimo resplandezca siempre para que todas las almas sean salvadas.
Como bien dice la palabra en la que este equipo confió: "¡Mirad cuán bueno y cuán delicioso es habitar los hermanos juntos en armonía!" (Salmos 133:1)
