Silencio de “Amela”
Oscar González Ortiz
En las entrañas de Valle de la Pascua, donde la existencia humana se manifiesta en ocasiones como susurro frágil frente a la inmensidad de la falta de esperanzas, observamos que la realidad golpea con crudeza desafiando discursos teóricos sobre bienestar: la indiferencia social tiene rostro de niña.
Los niños, aquellos que conservan parte de la infancia en cuerpos adultos, desembarcan en este mundo sin haber solicitado pasajes, llegando como acto de creación, esperando encontrar refugio en donde frecuentemente les dan la espalda; es aquí donde tenemos que abandonar los escritorios para transformar actos de amor tangibles y efectivos.
El caso de “Amela” representa una herida abierta en el tejido de la comunidad, superando la adolescencia y viviendo en condición especial; su vida transcurre en la soledad de una vivienda donde el vacío es el único habitante constante.
Cuando llegamos a su casa, lo primero que brotó de su garganta como plegaria: agua; al verla ingerir el preciado líquido con esa desesperación instintiva, comprendimos que están algunas prioridades extraviadas en la brújula moral. Resulta doloroso admitir que, en la dinámica actual, hay mascotas que gozan de mayores atenciones que una mujer cuya vulnerabilidad fue mancillada por la violencia y el olvido familiar.
La burocracia frecuentemente extravía a ciudadanos en sus propios vericuetos. Amela representa a esos extraviados, su cotidianidad en este día, a las tres de la tarde, transcurría entre la arepa matutina —única ceremonia alimenticia— y la sobrevivencia.
Los vecinos relataron fragmentos de su biografía: condición especial, diecinueve años, violación, trajo al mundo un niño, hijo arrebatado por supuesta tía, no cuenta con familiares, sólo está presente el silencio familiar. Ella permanece allí, custodiada por el esfuerzo sobrehumano de una vecina que multiplica su pobreza para compartirla.
Algunas políticas públicas diseñadas para la protección frecuentemente naufragan en la ejecución, dejando a los más vulnerables huérfanos de institucionalidad. La comunidad ejerce entonces una maternidad colectiva improvisada, sosteniendo vidas que el sistema desatiende.
Los niños especiales pueblan comunidades, y su existencia cuestiona muchas prioridades como sociedad. Amela no pidió nacer, no seleccionó su condición ni eligió el abandono. Llegó simplemente para habitar un mundo que todavía no aprende a nombrarla. Nuestra breve visita con pañales evidenció la magnitud de lo que falta, la inmensidad de una deuda social que exige respuestas estructurales. Hay hogares donde el hambre se disfraza de rutina y la esperanza depende de la caridad. Ojalá alguna institución escuche el eco de su silencio.
