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¿Fe Vacía o Normalización del Desastre Social?

Por: Deisy Viana

Déjame contarte sobre un fenómeno psicológico y social fascinante (y a la vez preocupante) conocido como proyección, tendemos a usar nuestro propio código moral como el lente a través del cual observamos al mundo. Si mi lente está sucio, veré manchas en la integridad de todos los demás. En esta crónica analizo esta desconexión entre la fe de calendario y la ética del día a día.

Caminamos por la vida con una vara de medir en la mano, pero pocas veces nos damos cuenta de que esa vara tiene nuestra propia estatura. Existe una verdad incómoda en el refranero popular y en la psicología moderna: juzgamos no como son las cosas, sino como somos nosotros. El que hace trampa duerme con un ojo abierto desconfiando de todos, convencido de que el vecino también esconde un as bajo la manga. El que miente, vive blindado contra la verdad ajena.

Esta "normalización del desastre" ha creado una miopía social colectiva. Hemos canjeado el sentido común por la conveniencia con el dicho popular "eso no es problema mío". Encender fuego en áreas verdes, ensuciar las quebradas, ignorar un semáforo en rojo, lanzar basura por la ventana del auto o responder con un improperio ante una mínima diferencia se han vuelto "moneda corriente". Lo grave no es solo la falta, sino la justificación: "Si todos lo hacen, ¿por qué yo no?" y peor aún, juzgar sin pruebas solo porque "eso es así porque me lo dijeron" generando chismes y etiquetando a los demás según como ellos son.

Resulta irónico que, precisamente en estos días de recogimiento, las iglesias se llenen de rostros compungidos y promesas de fe. Vemos procesiones multitudinarias donde se llora la pasión de Cristo, pero al salir del templo, el "hombre nuevo" parece haberse quedado olvidado en la banca del recinto.

¿De qué sirve el golpe de pecho el Viernes Santo si el lunes siguiente el mismo pecho alberga desprecio por el prójimo. Esa fe de "temporada" es, en realidad, un rito superficial "pura apariencia" . Dios, más allá de cualquier dogma, no parece estar buscando expertos en liturgia, sino expertos en sensibilidad humana y verdad.

Cuando nos preguntamos qué sociedad heredarán nuestros hijos, la respuesta no está en los libros de texto, sino cuando ven a sus Padres mentir, ensuciar, quemar, ofender, criticar. La herencia más pesada que estamos dejando es el escepticismo. Les estamos enseñando que la integridad es una debilidad y que el "vivo" es el que prospera.

Si queremos sensibilizar la conciencia, debemos entender que la creación de Dios no es un concepto abstracto; es el aire que respiras, la calle que caminas y, sobre todo, el prójimo que tienes al lado (aunque no piense como tú).

Dios no necesita que le demostremos cuánto sabemos de religión; Él nos observa en la forma en que tratamos a quienes no pueden darnos nada a cambio. El amor a la creación se manifiesta en el respeto al ambiente, a la norma, en la cortesía del "buenos días" y el "gracias", en la honestidad de quien hace lo correcto aunque nadie lo esté mirando. "Si alguien dice: 'Yo amo a Dios', pero odia a su hermano, es un mentiroso. Pues si no ama a su hermano, a quien puede ver, ¿cómo va a amar a Dios, a quien no puede ver?" ( 1 Juan 4:20) 

Así está escrito, la verdadera fe no se mide por cuántas veces asistimos a una procesión, sino por cuántas veces somos capaces de frenar nuestro ego para servir al bien común. Que esta Semana Santa no sea un paréntesis en nuestra conducta, sino el inicio de una vida donde nuestra medida sea el amor, y nuestro espejo, la integridad, con menos chismes, menos estigmas, menos críticas destructivas, menos desorden y menos indiferencia. Al final, el mundo que les dejamos a nuestros hijos será exactamente igual al tamaño de nuestra coherencia e integridad.

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