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Mareas que arrastran conciencias o renuncia del pensamiento propio

Oscar González Ortiz

Aquella imagen se repite en la pantalla: seudoartista que dice ser venezolano en una plaza europea, pronuncia frases de odio racial; luego, ante la viralización, sale en otro video en las redes sociales pidiendo disculpas por si había ofendido a alguien, señalando la emoción de las masas como su verdugo. Un acto mecánico: pedir perdón por haber seguido la corriente, esto no resulta novedoso: durante la Segunda Guerra Mundial, un alemán redactó un texto incómodo sobre la idiotez, señalando cómo la falta de razonamiento propio convierte a cualquier persona en engranaje de barbaries colectivas. Aquel escrito no mencionaba disculpas posteriores.

La arquitectura de la conciencia contemporánea se encuentra asediada por fenómenos de erosión intelectual donde el individuo, seducido por efervescencia de algoritmos, transmuta su identidad en simple reflejo del tumulto. Observamos con frecuencia cómo figuras públicas, amparadas en supuesta sensibilidad artística, proyectan discursos cargados de segregación y desprecio.

Este ciclo de ofensa y arrepentimiento revela crisis: delegación del juicio propio a la efervescencia colectiva, comportamiento que sirve para evocar reflexiones sobre la estupidez humana planteadas en contextos donde se determinó que ésta no es un defecto del intelecto, sino un vicio moral. 

Cuando un ciudadano decide «dejarse llevar» por la emoción en una plaza ¿renuncia voluntariamente a su soberanía mental? El racismo y odio no son accidentes emocionales ni brotes espontáneos de entusiasmo, constituyen estructuras de pensamiento que se activan cuando el sujeto decide apagar su brújula ética para encajar en el rugido de la turba. 

La historia europea y latinoamericana está sembrada de tragedias originadas precisamente por esa renuncia a la autonomía. En la actualidad, las redes sociales funcionan como cámaras de resonancia que amplifican la vacuidad. Un video de disculpas, por más histriónico que resulte, es incapaz de desmantelar el daño pedagógico de una frase racista lanzada al viento digital. 

El pueblo debe comprender que la verdadera libertad política reside en la capacidad de disentir del coro, manteniendo la integridad frente a la presión del grupo. La inteligencia social exige que dejemos de ser consumidores pasivos de indignación y comencemos a ser arquitectos de razonamiento crítico que no se doblegue ante el aplauso fácil ni la emoción ciega del momento. ¿Bastarán unas cuantas frases de disculpas para borrar el veneno esparcido?

Aquel texto alemán de la guerra advertía sobre la comodidad de seguir al vecino enfurecido. La idiotez no es falta de inteligencia: es abandono del juicio propio; hoy, frente a la pantalla, cada quien decide si será masa o será persona.

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