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Pietas que olvidamos

Por:Oscar González Ortiz


En la antigua Roma, las pietas no eran sentimientos, estructuraban pilares jurídicos que sostenían la vida de los mayores. La familia respondía por sus ancianos, y el Estado observaba sin intervenir. Aquella lógica, sin embargo, revelaba fragilidad: si el vínculo se rompía, el anciano quedaba expuesto a la intemperie social. La pobreza y vejez constituían, para los romanos, la peor de las cargas. 

Hoy, esa carga no desaparece. Apenas mudo de rostro, en la comunidad Los Bagres, la realidad golpea con la fuerza de un diagnóstico clínico desgarrador. Un ser humano de 87 años de edad, perteneciente a la Reserva Activa, encarna esa herencia silenciosa de resistencia heroica. En el momento de la visita, una puerta cerrada con candado no permitía el acceso, convirtiéndose una ventana en umbral de auxilio. 

El diagnóstico médico es elocuente: Su cuerpo refleja el desgaste extremo, alarmante pérdida de masa muscular, superior al cuarenta por ciento, escoliosis dorsal con hiperlordiosis dorsal, escaras en áreas de presión (cadera, espalda y hombro derecho), pérdida del rango articular de la rodilla derecha, deformidades posturales. Su voz firme, exclamando estar “en batalla”, interpela de manera directa la conciencia del Poder ¨Popular. Al responder “en batalla”, no ofrece quejas, responde una declaración de existencia. 

Su cuerpo narra lo que las palabras no alcanzan a decir; sus condiciones de vida son complejas, el colchón, sábanas, ropa y ayuda cotidiana son urgencias postergadas.

 Mientras tanto, algunas mascotas gozan de alimentación balanceada, atención veterinaria y paseos periódicos; la paradoja incomoda: un ser humano que entregó años a su país vive con menos recursos que un animal de compañía. 

Esta comparación no busca ofender, quiere despertar conciencias. El Ministerio del Adulto Mayor, la Reserva Activa, los gobiernos locales e instituciones poseen herramientas, pero falta articulación. La comunidad coordina apoyos de manera precaria, supliendo vacíos que debieran ser salidas estructurales.

La pieta romana se apoyaba en la familia; la nuestra requiere redes amplias que abarquen lo público y comunal. La historia enseña que el abandono no es nuevo, pero sí es evitable. Este relato no pretende interpelar. La lectura de este caso podría encontrar resonancia en algún espacio social dispuesto a transformar la indiferencia en acción. La esperanza de este ser humano no es pasiva: es un llamado activo a la orden, su batalla no es sólo suya, es un espejo donde mirarnos como sociedad.

Este ciudadano —escribo nuevamente “ser humano extraordinario”— consagró su juventud al servicio de la patria, subsiste en condiciones de extrema vulnerabilidad. La solidaridad vecinal aporta soportes valiosos, por consiguiente resulta indispensable activar políticas públicas estructurales que dignifiquen estos años dorados. La verdadera revolución se mide por la capacidad de amparar a los más desprotegidos, transformando la antigua obligación moral individual en garantía de justicia social.

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