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Transporte público: Robo de paz mental

Por: Deisy Viana


 El despertador suena y, con él, se activa una decisión consciente: salir a la calle con la mejor actitud. No importa si la billetera aprieta, si el cansancio físico pesa o si hay problemas familiares esperando en casa. Hoy decidí ponerme mi mejor sonrisa, llenarme de entusiasmo y enfocarme en llegar a mi lugar de trabajo con buena energía. Sin embargo, en nuestras ciudades, mantener la paz mental dentro del transporte público es, a menudo, un acto de heroísmo invisible.

El viaje apenas comenzaba cuando subí a la unidad colectiva. El ambiente, ya de por sí denso por el calor y el espacio reducido, se fracturó por completo cuando el colector inició su conocida letanía. Con un tono déspota, altanero y una voz que buscaba imponerse por la fuerza del ruido, empezó a dictar órdenes: “Más para atrás, columnas de dos, hay dos pasamanos, espalda con espalda no pasa nada... ¡Mira tú, muévete ahí! ¡Epa, tú, pégate más! Colaboren con el chofer y el colector que casi no ganan”.

En un autobús de pasillo angosto, donde cada pasajero carga no solo con sus cuerpos, sino con bolsos, paquetes y las compras del día, pedir "espacio" es pedir un milagro geométrico. Al verme atrapada y sin margen de movimiento debido a los paquetes de otro usuario, intenté dialogar. Le expliqué con calma que ya no había hacia dónde moverse. La respuesta del encargado fue un dardo cargado de molestia y hostilidad: “¡Señora, que se arrime!. Si usted no quiere colaborar no es problema mío, usted arrímese”

En ese instante, la atmósfera se tensó. El ataque verbal buscaba una reacción, un estallido. Pero respiré profundo y decidí poner un límite firme pero educado: “Usted no me va a dañar el día. Respete, porque no puede ir por la vida faltándole el respeto a las personas de esa forma”.

Lo verdaderamente asombroso ocurrió minutos después. Como si se tratara de una escena de ficción, el discurso del colector dio un giro de 180 grados, mostrando una conducta que muchos calificarían de "bipolar", pero que en psicología responde a mecanismos más profundos de manipulación y conveniencia social.

De la hostilidad absoluta pasó a la extrema dulzura: “Señor, por favor, ¿se puede correr un poco? Gracias, que Dios lo bendiga... Disculpa, corazón, ¿te puedes arrimar? Que Dios te bendiga”.

¿Qué explica este cambio tan radical? Desde el análisis de la conducta humana, el comportamiento de este individuo revela una profunda incongruencia adaptativa. No existía un arrepentimiento real, sino una estrategia de camuflaje social. Cuando el maltrato inicial encontró resistencia (un límite claro), el sujeto cambió de táctica para evitar el conflicto generalizado o la censura del resto de los pasajeros, recurriendo a una falsa empatía.

Lo más grave y crítico de este comportamiento es la instrumentalización de la fe. Usar el nombre de Dios y bendiciones automatizadas como un "escudo verbal" para tapar la agresividad previa no es solo una falta de respeto al prójimo, sino una manipulación psicológica. Se intenta activar la culpa en el otro: "¿Cómo vas a estar molesto con alguien que te está bendiciendo?". Es la radiografía de una sociedad donde los valores, a veces, se convierten en simples etiquetas descartables que se usan según la conveniencia del momento.

Este episodio de la vida cotidiana nos deja una lección educativa fundamental sobre la inteligencia emocional y la gestión del ser: no se puede entregar el estado emocional a nadie.

Vivimos en un entorno reactivo donde la gente externaliza sus frustraciones agrediendo al primero que encuentra. Si respondemos con la misma violencia, les estamos regalando el control de nuestra vida. Nadie tiene el derecho de robarte la paz, ni de sembrar mal humor en un día que decidiste vivir con alegría. La madurez crítica radica en entender que la mala actitud del otro es su problema, su reflejo y su carencia; no la tuya.

Al bajarme del transporte, con la respiración ya tranquila y el corazón en paz por haber defendido mi dignidad sin caer en el fango de la discusión, recordé una profunda verdad que cuestiona directamente esa actitud de doble discurso que presencié en el pasillo del autobús. El libro de Santiago 3:10 nos advierte con total claridad sobre la coherencia del ser humano: "De una misma boca proceden bendición y maldición. Hermanos míos, esto no debe ser así".

La verdadera sensibilidad social y la transformación de nuestra convivencia colectiva no nacen de repetir frases religiosas por cortesía fingida. Nacen del respeto real al espacio y a la dignidad del otro. Que nada ni nadie te robe la paz.

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