Por: Oscar González Ortiz
El destino político actual se asemeja a la emoción colectiva de meter un gol en el minuto noventa y cinco, justo un minuto antes de los seis agregados, en el suspiro del tiempo añadido. No sé si el lector está en el equipo que metió o recibió la anotación, para esta respuesta es requerida una sincronía perfecta, similar al relevo de un caballo purasangre por otro con mayores probabilidades de ganar en la recta final.
En estos tiempos, para que el equipo Venezuela pudiera consagrarse máximo goleador del Mundial, obtener un duodécimo balón de oro y sellar la gloria en el minuto catorce del segundo tiempo extra, representa la precisión absoluta de anotar los cinco goles decisivos en la tanda de penales o la hazaña del arquero deteniendo el disparo cuando la tanda está 5 a 4. Para el sentimiento popular, este logro que quiero expresar, alcanzaría la dimensión mítica de ver a la vinotinto venezolana ir a su primera Copa Mundial.
Más allá del juego y consignas, la verdadera copa que el ciudadano común anhela disputar la jugamos en el complejo tablero de la economía y geopolítica internacional, en aquella prórroga del juego donde el tiempo se estira y la tensión calcina el espíritu. El ciudadano común no espera espectáculos de fintas ni que le piten un fuera de juego… anhela el zarpazo definitivo en el minuto final del alargue.
Ese impacto no son metas en el césped del campo: es la estabilización del dólar, detener la marcha continua ascendente para que el aliento popular no se pierda en la asfixia de la inflación.
Eliminar embargos, sanciones, bloqueos económicos y retención de capitales financieros del Estado venezolano que funcionan como el ataque de los delanteros del equipo rival, jugando con doce jugadores más los árbitros, trampa que continúa desfigurando el campo de juego.
Quitar el bloqueo económico no implica tregua; constituye el primer penalty atajado por el arquero soberanía. La autodeterminación de los pueblos, recuperación de los recursos y retorno de los capitales injustamente retenidos en el exterior, representan un trofeo más valioso que cualquier balón de oro o ayuda humanitaria, porque el peso no está en el oro ni en la ayuda, se encuentra en la sangre que está transitando nuestras calles.
Mientras tanto, las narrativas de país de narcotraficantes, ser “amenaza inusual y extraordinaria” se convierten en arbitraje parcializado que silba faltas inexistentes. La ayuda humanitaria no debe ser regalo condescendiente próximo a ser cobrado a mediano o largo plazo: tiene que ser el ejercicio cotidiano de paz soberana.
La vinotinto venezolana no necesita un Mundial de vitrinas y redes sociales, requiere el campeonato de la cotidianidad, donde el pan no sea prórroga interminable; la hazaña genuina radica en que el purasangre de la economía domine sin jinetes extranjeros —especialmente el llamado dólar—. El mejor gol, entonces, será aquel que devuelva la pelota al pie del pueblo para el rescate del bienestar común.
