Terremoto: La grieta en el alma
Por: Deisy Viana
El suelo de Venezuela tembló dos veces, pero el verdadero sismo ocurrió adentro, en el pecho de cada uno de nosotros.
Déjame contarte que ser trabajadora social en estos días es una tarea que desgarra. Es un oficio que hoy nos exige el milagro de secarnos las lágrimas a escondidas, tragar el nudo de este profundo dolor y salir a caminar entre los escombros con la mente fría, actuando con una objetividad y equidad que el corazón, a ratos, se niega a procesar. Mirar a los ojos a quien lo ha perdido todo y mantener la calma no es frialdad; es el último refugio de la cordura en medio del caos.
Observar el comportamiento de nuestra gente antes, durante y después del biterremoto ha sido un catalizador de profundas y agudas reflexiones. Una tragedia de esta magnitud es un cincel que desnuda la madera de la que estamos hechos. Por un lado, la sacudida despertó lo más noble, hermoso y luminoso del venezolano: esa solidaridad espontánea, el vecino que comparte su único trozo de pan, las manos que escarban la tierra hasta sangrar por un desconocido. Eso es lo que somos la gran mayoría. Esa es nuestra verdadera cédula de identidad: el amor al prójimo.
Pero la tragedia también tiene un reverso oscuro. Ha sacado a flote lo más bajo, vil y egoísta de unos pocos que, afortunadamente, no representan nuestra venezolanidad. Este desastre nos está gritando en la cara que reaccionemos. Nos grita que ya basta. No es tiempo de robarse las donaciones, ni de inflar el ego publicándose en redes sociales mientras se entrega una bolsa de comida, como si la miseria ajena fuera un escenario de marketing. Tampoco es momento de sembrar el pánico con noticias falsas solo para ganar un puñado de seguidores a costa de la ansiedad de un pueblo herido. En la crisis no hay espacio para las generalizaciones; cada quien termina mostrando lo que de verdad lleva en el alma.
Las dos caras de la moneda han convivido en la misma calle. Mientras algunos funcionarios se limitaron a cumplir órdenes por inercia, a aprovechar el "rebusque" o a "echar carro" en medio de la emergencia, otros se entregaron con el alma entera, desafiando el peligro con una vocación inquebrantable para rescatar sobrevivientes. Mientras algunos influencers generaron más caos con publicaciones amarillistas y un oportunismo rapaz, otros transformaron sus millones de seguidores en puentes de esperanza, difundiendo mensajes de consuelo, organizando centros de acopio y localizando a personas desaparecidas.
El biterremoto nos ha dejado un paisaje en ruinas, pero también un espejo nítido. Nos ha mostrado, sin filtros, las dos facetas de nuestra condición humana. Los escombros materiales se levantarán tarde o temprano, pero la reconstrucción moral depende de una elección íntima. Nos toca a nosotros decidir con cuál cara de la moneda nos vamos a quedar.
Para meditar en la esencia de nuestras acciones en momentos de crisis, la palabra nos confronta en Proverbios 11:24-25: "Hay quienes reparten, y les es añadido más; y hay quienes retienen más de lo que es justo, pero vienen a pobreza. El alma generosa será prosperada; y el que saciare, él también será saciado".
Este versículo nos recuerda que la verdadera riqueza no está en lo que intentamos retener, arrebatar o aparentar en medio de la desgracia. Aquellos que buscan sacar provecho de la tragedia ajena o alimentar su ego terminan habitando la pobreza más absoluta: la del espíritu. Por el contrario, la generosidad genuina —aquella que se da sin esperar un "me gusta" o un beneficio económico o político— es la que sostiene y reconstruye a una nación. Al final, lo que le damos al otro en su momento de vulnerabilidad, es lo que verdaderamente nos sana y nos sacia a nosotros mismos.
