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Canchas sin balones: ¿Quién rescata la pasión 

en las comunidades? |

Por: Oscar González Ortiz 

El silencio que arropa hoy las instalaciones de nuestros caseríos genera una interrogante: ¿falta de pasión o resignación ante la desidia territorial? La geometría del esfuerzo se deforma cuando el rectángulo de juego refleja abandono; las graderías vacías son denuncias mudas sobre carencia de voluntad colectiva e institucional. Cada escalón desierto cuenta la historia de un impulso que no encuentra donde apoyarse. ¿Nos acostumbraremos a aceptar el olvido como destino inevitable?  

En esa soledad del cemento o grama, el atleta descubre que la escasez exige templanza ciega; entrenar sin implementos es retornar al origen del movimiento: correr contra el viento o lanzar las propias angustias como balas imaginarias. Pero no romanticemos la necesidad: la falta de recursos no es virtud filosófica, es un filtro implacable que desgasta la vocación. Exaltar la areté o la disciplina en medio de la nada resulta consuelo estéril si no cuestionamos las causas estructurales del deterioro.  

Formar deportistas en los pueblos obligó a inventar una biomecánica del campo: la fuerza se moldea en la faena diaria; y la agilidad, cruzando caminos de tierra. Las escuelas menores sobreviven gracias a la mística de entrenadores que sustituyen con afecto la tecnología. Sin embargo, aplaudir la resiliencia sin exigir soluciones reales perpetúa el problema; la migración del atleta no es logro, constituye fuga crítica de capital humano y una herida abierta para la región.  

El patrocinio no debe verse como acto de caridad mercantil, es una apuesta seria por la responsabilidad territorial e identidad. Apoyar al joven que driblea entre rocas o batea contra el eco de la pared es descentralizar oportunidades y sembrar dignidad en las bases populares. La actividad física requiere ser garantizada como derecho social con infraestructuras adecuadas para que el futuro también se juegue en el presente.  

¿Y qué puedes hacer tú por el deporte de tu tierra? La transformación exige abandonar la indiferencia: tu rol como vecino, comerciante o líder implica aportar un balón, recuperar la cancha del barrio o exigir respuestas a las autoridades. La victoria es actuar unidos para que el sudor en los senderos polvorientos finalmente dé frutos.  

Nos preguntamos de dónde saldrán los futuros jugadores de la Vinotinto, la respuesta estará en senderos olvidados. Cabe cuestionarse: ¿quién se acordará del deporte masivo cuando las luces se apagan? La fe no basta si el plato del atleta está vacío; mejorar la nutrición de los jóvenes es urgencia biológica y social que exige alianzas comunitarias, comedores deportivos y producción local comprometida. 

Asimismo,  debemos respuestas sobre quién sostendrá a esos entrenadores empíricos que hoy hacen magia sin insumos ni salarios. El popular lema «mano, tengo fe» debe dejar de ser consuelo piadoso para convertirse en compromiso de acción concreta. La fe se demuestra respaldando al formador que moldea al joven, garantizando la proteína en su mesa y rescatando el juego en cada rincón. El porvenir de la camiseta nacional se siembra hoy en las canchas y campos deportivos.

Así como médicos y educadores son héroes indispensables en sus áreas, los entrenadores deportivos se han convertido en superhéroes cotidianos. Hacen proezas increíbles para elevar el nivel técnico en categorías menores, apoyándose casi exclusivamente en iniciativas propias y solidaridad de padres colaboradores. Sin insumos adecuados, estos formadores inventan recursos para que cada niño juegue y sueñe, sosteniendo sobre sus hombros el verdadero pilar del desarrollo deportivo nacional.

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