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¿Farmeando aura o inutilizando mentes? |

Por: Deisy Viana

La escena ocurre en plena vía pública, a plena luz del día. Una madre, teléfono en mano, graba sonriente a su hijo de unos ocho años. El pequeño, en un intento por sincronizarse con los códigos dictados por la última tendencia de TikTok, ejecuta una serie de movimientos grotescos, muecas exageradas y más que poses estrafalarias, payasadas. Todo bajo la mirada aprobatoria de quienes aplauden la escena como si se tratara de una hazaña. En la jerga digital, el niño está "fameando aura" o "cultivando estilo"; en la realidad social, se está consumiendo el futuro cognitivo y formativo de una infancia a cambio de un puñado de "likes" ¿Dónde está el estilo de hacer muecas absurdas cuando no tienen la capacidad de realizar una operación matemáticas simple o analizar un texto breve?

Como profesional del ámbito social, observar estas escenas no genera simple extrañeza, sino una profunda y legítima preocupación. ¿Tienen realmente conciencia los padres sobre lo que están promoviendo en las mentes en pleno desarrollo de sus hijos cuando validan el absurdo por encima del esfuerzo? Si no los educamos con conciencia y amor la vida lo hará con dolor. 

La niñez es el terreno fundamental donde se edifican las funciones cognitivas superiores: la capacidad de abstracción, el pensamiento lógico, el dominio de la lectura crítica y la resolución estructurada de problemas. Exigir concentración, estimular la curiosidad científica o guiar al niño en el aprendizaje de herramientas intelectuales sólidas requiere atención, paciencia, disciplina y rigor.

Sin embargo, la cultura del algoritmo opera bajo una lógica diametralmente opuesta. Al celebrar que un niño centre su validación en hacer el ridículo con total soltura para acumular "estatus imaginario", se produce una peligrosa inversión de valores. El mérito del estudio, la constancia y la profundidad del pensamiento se desplazan hacia la periferia. Se premia la excentricidad sobre la inteligencia, y el aplauso digital efímero sustituye al logro real.

Los niños carecen de la madurez cerebral necesaria para dimensionar el impacto a largo plazo de exponer su intimidad y su conducta al escrutinio masivo de las redes. Cuando el adulto, quien debería fungir como el guía y ancla de la realidad y el protector de su desarrollo, se convierte en el principal promotor de estas dinámicas, se quiebra un pacto ético fundamental. Se aplaude la vulnerabilidad digital sin medir que, detrás de la gracia del momento, se está atrofiando la capacidad de atención y se está sembrando un vacío cínico donde nada parece importar más allá de la viralidad.

La sociedad no se construye sobre cimientos de ironía constante ni de payasadas convertidas en estilo de vida. Requiere ciudadanos capaces de articular ideas claras, de sostener conversaciones con sustancia y de asumir responsabilidades con criterio propio.

 "Instruye al niño en su camino y aun cuando fuere viejo no se apartará de él (Proverbios 22:6) Este pasaje bíblico resuena hoy con una urgencia apremiante. 

La instrucción que reciben las nuevas generaciones no proviene únicamente de las aulas formales, sino del ejemplo silencioso y la dirección que los padres imprimen en el hogar. Si a los niños se les enseña que el valor supremo de la vida se mide por el aplauso de una pantalla y la gracia del ridículo, se les está despojando del ancla moral e intelectual que necesitarán para sostener el mundo del mañana. Es tiempo de apagar las cámaras, rescatar el valor del esfuerzo y volver a mirar a los ojos a la infancia con responsabilidad y verdad en vez de dejar que sigan inutilizando sus mentes.

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