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 ‎¿Y tú cómo sobrevives al terremoto egocentrista del día a día? |

‎Por: Deisy Viana  

‎Hay un hilo invisible que sostiene a una sociedad en pie. No es la infraestructura, sino la certeza sutil de que los demás nos importan. Sin embargo, cuando las horas sin luz se cuentan por docenas, el dólar amanece más alto que ayer y los sueldos se vuelven una mala broma, ese hilo empieza a deshilacharse. Lo que queda a la vista no es la violencia abierta, sino algo más hondo: la insensibilidad del agotamiento, el terremoto egocentrista que arremete contra el amor al prójimo.

‎Esta semana, las calles me ofrecieron un catálogo de postales inconexas que, al cruzarse, revelan la grieta del mismo terremoto. Un hombre aceleró su vehículo y se comió la luz roja porque estaba apurado y no podía esperar la luz verde del semáforo. En una esquina cercana, una familia deja correr chorros de agua hacia la calle, indiferente a los reclamos cansados de unos vecinos que resultan afectados. Más allá, en un espacio de oficina, un trabajador decidió silenciar el teléfono y dejar sin respuesta a su jefe, en una suerte de huelga silenciosa de quien ya nada espera de su empleo.

‎Incluso en la intimidad familiar se filtró la marejada. Un adolescente decidió cerrar la puerta y darle la espalda a los consejos de su madre; una pareja, rodeada de comodidades materiales pero asfixiada por el aire denso de la rutina sin horizontes, firmó el final de su historia argumentando un simple "no nos entendemos". Hasta la alegría ajena se volvió sospechosa: alguien se molestó agriamente ante las risas y la charla amena de un grupo de amigos, como si el buen humor fuera una provocación en tiempos de penuria.

‎Pero quizás la paradoja más dolorosa se vivió mirando al mar. En La Guaira, mientras las olas recibían a bañistas ansiosos por despejar la mente y sacudirse la presión semanal, a solo kilómetros la búsqueda de víctimas bajo los escombros avanzaba a un ritmo dolorosamente lento. La fiesta de la evasión y la tragedia de la pérdida convivieron en el mismo litoral, separadas apenas por el filtro del desapego.

‎No se trata de maldad generalizada; se trata de anomia y anestesia. Cuando el entorno se vuelve inhóspito y el futuro inalcanzable, la empatía empieza a sentirse como un lujo pesado. El ser humano se repliega sobre sí mismo, activa el modo de supervivencia y borra al semejante para poder soportar el peso del día a día. La crisis no solo erosiona el bolsillo o destruye la infraestructura: su verdadero estrago es el deterioro microscópico del trato humano.

‎"No miren cada uno por lo suyo propio, sino cada cual también por lo de los otros."  (Filipenses 2:4)

‎En tiempos donde el entorno empuja al egoísmo operativo: a pensar solo en la propia prisa, el propio descanso o el propio dolor o interés, la verdadera resistencia no radica en la confrontación, sino en recuperar la mirada hacia el otro. Mantener la empatía cuando todo invita a la apatía es un acto de cordura y dignidad. Cuidar la norma, respetar el espacio del vecino, escuchar al hijo o dolerse con el que sufre no son debilidades; son los pilares fundamentales para reconstruir el tejido humano y los valores que la crisis intenta romper.

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