Unidad, realidad, contradicciones o cizaña |
Por: Oscar González Ortiz
El año 2026 se instituye como espejo de propias contradicciones. La geografía política tiñe sombras donde las libertades humanas parecen danzar al borde del abismo; frente a narrativas hegemónicas, resulta interesante preguntarnos: ¿Existirán mentiras detrás de las libertades humanas ¿La pregunta sobre este aspecto que anida tras esos discursos pareciese la clave requerida para abrir la bóveda.
La realidad nacional enfrenta desafíos multidimensionales que ponen a prueba la templanza del pueblo. La persistencia de la figura de amenaza inusual y extraordinaria, continuidad de sanciones, bloqueo económico, escaladas continuas del dólar, se intensifican como tenaza inusual, y los apagones, con su rítmica incertidumbre, orientan a reflexionar si estarán asfixiando los recursos estratégicos mientras exprimen el petróleo venezolano hasta convertir la energía en arma de desgaste colectivo.
En la cotidianidad confrontamos gran cantidad de paradojas: mientras una potencia extranjera realizaba el asedio naval, desplegando bloqueo económico, un puñado de voces internas —venezolanos— promovían la constante solicitud de intervenciones que culminaron con el secuestro al Presidente, hecho que dejó más de un centenar de víctimas fatales durante el ataque.
A la par de estos eventos políticos, la salud pública y la naturaleza parecen suscribir el caos presentando retos adicionales: aparición del hantavirus en determinados estados y, el 24 de junio, fecha de la Batalla de Carabobo, un inusual e inédito doblete sísmico seguido por incontables réplicas, sacudió el territorio como la memoria misma de la gesta independentista… y ahora con el advenimiento del súper niño. Paralelamente, la lucha psicológica en redes sociales continúa sembrando división constante, convirtiéndose en campos de batalla donde puntos de vista se atacan con saña; ante este escenario replicando la Parábola del Sembrador: cobra plena vigencia para interrogarnos sobre qué tipo de suelo representa cada ciudadano en la construcción colectiva —la semilla cae en distintos suelos, pero es el tipo de tierra lo que define la cosecha—.
En estos tiempos cuando la cizaña pretende confundirse con el trigo, la sabiduría popular exige extrema prudencia para no destruir los frutos legítimos en el intento de erradicar la amenaza; la tentación de arrancar la mala hierba se vuelve peligros, pues podríamos eliminar también el fruto verdadero.
La unidad, entonces, no es un eslogan vacío, es el principio de supervivencia que exige discernir con inteligencia política. No se trata de ignorar la amenaza, ni de normalizar el bloqueo; se trata de comprender que la libertad auténtica no se negocia en medio del ruido, se forja en la conciencia del pueblo que reconoce su suelo fértil.
Conservar el principio de la unidad implica resistir la siembra del odio, cultivando la paciencia del labrador, porque en la cohesión distinguiremos la cizaña del trigo, y en la verdad compartida se desmontarán las mentiras que pretenden esclavizar libertades. Distinguir la verdad de la manipulación requiere un pueblo lúcido y ético. Por consiguiente, la unidad lo hace todo y, por lo mismo, debemos conservar este preciso principio como garantía indispensable de soberanía, paz y futuro compartido.
