Colmena y Síndromes |
Por: Oscar González Ortiz
La máxima del apicultor resonante en la plaza pública: lo que no es bueno para la colmena tampoco lo es para las abejas. La aceleración cotidiana fractura la serenidad social, pareciese que vivimos atrapados en ecosistemas de pequeñas angustias calculadas, reflejando el ruido de nuestras fobias cotidianas.
En otras épocas, la polis griega debatía el bien común en el ágora; hoy, el ágora se fragmentó en pantallas vibrantes y pasillos de ascensores. El encierro del ascensor provoca elevatofobia o claustrofobia; la ausencia del celular en el bolsillo desata la nomofobia. De igual modo, el suelo que parece moverse tras el temblor genera síndrome de mareo persistente o síndrome del terremoto fantasma.
Así pues, estos miedos no son rarezas clínicas; constituyen el termómetro de una soberanía mental.
A la par, la economía cotidiana impone severa disonancia cognitiva: el comercio revela distorsión del valor cívico: Un cliente paga un dólar por tres canillas en la panadería del centro comercial, más cuatro dólares por estacionar su vehículo. La disonancia cognitiva asalta al comprador, anclado en el precio del pan, olvidando la geografía del acceso.
Por consiguiente, nace el síndrome del pan de cinco dólares, donde la ley de Murphy dictamina que el bien básico resulta barato, mientras la travesía para alcanzarlo multiplica su valor por cuatro.
Esta paradoja no es fortuita; expone el sesgo de anclaje que prioriza el producto tangible sobre la infraestructura colectiva. Dichos sobresaltos despojan al ciudadano de su soberanía mental, deliberativa, culpar al asfalto, ascensor o red móvil resulta un acto confortable. De manera que esa queja externalizada nos despoja de la responsabilidad sobre nuestras palabras y conciencia política.
Se marginó el hablar con propósito y la siembra auténtica de buena fe; olvidando que aquello desfavorable para la colmena resulta inevitablemente dañino para las abejas.
Estamos cargados de síndromes, ruidos y saturados de juicios precipitados y metamorfosis de la convivencia. La pérdida de la compostura cívica revela una ciudadanía que delegó su percepción al entorno.
La metamorfosis del espacio público convive con la abdicación del pensamiento crítico. La siembra de buena fe requiere hablar con propósito, reconociendo que el temor irracional al entorno es coartada perfecta para desertar del gobierno colectivo. La colmena no exige abejas ausentes, requiere de presencia consciente del coste real de cada decisión; la verdadera soberanía comienza cuando el bolsillo y mente abandonan el pánico para asumir la geografía común del bienestar.
Comprar el pan mientras temblamos de ausencias invisibles desnuda desarmar miedos inducidos. Recuperar la soberanía mental exige apagar el ruido exterior, abrazar al vecino y entender que ninguna abeja prospera respirando el veneno del aislamiento. La verdadera resistencia política florece cuando sanamos el alma colectiva mediante el amor, fe y palabra consciente para cimentar la cohesión y bien común.
