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Estudiando lecciones en aulas invisibles

Oscar González Ortiz

La existencia humana funciona como aula abierta sin paredes, donde la ciudadanía matricula sin consulta previa y el alba entrega cátedras de incertidumbre. Nadie firma voluntariamente esta escolarización, nacemos arrojados a un territorio específico, con destino social por descifrar, bajo la tutela de un maestro inflexible: el tiempo; no obstante, cada amanecer imparte lecciones grabadas en el instante. 

Segundos, minutos, horas, días, semanas, meses, años, pedagogos silenciosos que administran exámenes sorpresivos: una pandemia sacude pupitres del mundo, un temblor desordena apuntes de la rutina, la sequía borra tareas de la cosecha. Mientras tanto, el ciudadano común asiste a clases de supervivencia, aprendiendo a leer el viento, escribiendo con huellas del hambre.

En este currículo oculto, la política se revela como asignatura obligatoria; las decisiones de los gobernantes trazan líneas en el pizarrón de la economía, el alza del dólar dicta problemas de aritmética elemental para mercados populares. La historia repite sus temas: imperios que colapsaron por ignorar la lección de la equidad, revoluciones que nacieron en la tiza de la desesperanza.

Aprendemos simultáneamente en espacios comunitarios a educar y ser educados, las instituciones formales instruyen en materias técnicas, pero la verdadera arquitectura del espíritu se edifica en la calidez del hogar, donde germinan respeto, responsabilidad y valores fundamentales para la convivencia política.

Hoy, estudiantes de esta escuela cargan mochilas con memorias de ataques, saqueos y bloqueos, mientras el maestro tiempo califica con crudeza la falta de previsión colectiva. Las catástrofes naturales y humanas se convierten en ejercicios prácticos: inundaciones enseñan arquitectura del reencuentro; apagones, la gramática del abrazo en tinieblas. Cada comunidad es laboratorio donde la solidaridad germina como planta resistente. Los ancianos dictan poesías verbales sobre el respeto; los niños, juegos que desafían la gravedad del miedo. La fe, aunque tambaleante, construye puentes entre credos y desencantos.

De manera inesperada, el ritmo cotidiano se fractura ante eventos desestabilizadores. Un día el pueblo despierta bajo la sombra de epidemias, sismos, sequías devastadoras o el rigor del cambio climático; en otros momentos, la vulnerabilidad se manifiesta en la fluctuación de la moneda, ataques externos, interrupciones de servicios básicos o medidas coercitivas que ahogan la economía popular. Sobrepasar estas pruebas transforma al ciudadano en sobreviviente de crisis que evocan las profecías bíblicas más severas. 

Frente a tales escenarios de aprendizaje forzado, la comunidad redescubre el valor supremo de la solidaridad, la búsqueda activa de la paz y una fe profunda que impulsa la empatía mutua. En medio de la escasez, la justicia social se convierte en necesidad imperiosa y el amor al prójimo se transforma en herramienta de resistencia popular. Cada jornada brinda lecciones inéditas de dignidad, obligando a cada individuo a asumir su rol en la construcción del destino común.

Por eso, el cantante expresa en su melodía: «A tu escuela llegué, sin entender por qué llegaba, en tus salones encuentro mil caminos y encrucijadas, aprendo mucho y no aprendo nada: maestra vida». Esta lírica retrata la paradoja de nuestra travesía sociopolítica. Caminamos entre incertidumbres, buscando luz en laberintos de decisiones colectivas. Aprendemos la teoría del civismo, aunque la realidad nos confronta con contradicciones profundas. 

En cada esquina del barrio, en cada lucha compartida, la existencia exige madurez sin otorgar manuales previos. Entender esta dinámica fortalece la conciencia popular, transformando la perplejidad inicial en compromiso constante por la justicia, unidad y preservación del bien común. Tus exámenes no tienen nota final, sólo latidos que insisten en aprender a ser humano.

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