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¿Existirán espejos invisibles?: Espejismo de la cultura |

‎Por: Oscar González Ortiz

‎¿Las sociedades caminarán sobre tapices de ideas prestadas, repitiendo diagnósticos que se convierten en anestesia colectiva? Escuchar durante generaciones que eso es cultural equivale a aceptar la sentencia sin juzgado; las interpretaciones sobre la realidad pueden pesar más que la realidad misma, transformando en muchas ocasiones la percepción en  herramienta.

‎La antigüedad puede tener vigencia en la actualidad: lo que perturba al pueblo no es la escasez material, es la interpretación colectiva que se construye sobre esa escasez; desde la infancia, el estribillo se repite como mantra: «es cuestión de cultura». La adultez llega, la vejez asoma sus ciclos, y la muletilla persiste intacta. Esa permanencia parece revelar que la especie humana tropieza varias veces con la misma piedra, no por torpeza física —comienzo a creer que por fidelidad a un relato erróneo—. Ese relato ubica la solución en nebulosas culturales orientadas al futuro, mientras el presente se consume en la inacción. 

‎La política contemporánea pudo elevar esa muletilla a categoría de dogma. Cada desgobierno, cada injusticia estructural, encuentra su coartada perfecta en la presunta falta de educación cívica de las mayorías. Por consiguiente, cabe preguntarse qué cultura exige ese discurso. ¿Acaso una erudición enciclopédica que distinga corrientes artísticas? Esa noción resulta insuficiente, la verdadera cultura política no se basa en el acervo de datos históricos, reside en la capacidad de leer las relaciones de poder que articulan la cotidianidad; en otras palabras, el día a día del pueblo. 

‎De ahí que la llamada «media cultura» constituye un fenómeno peligroso, ya que instruye el diagnóstico clínico de los problemas, omitiendo la cirugía política para extirparlos. La cultura exige desórdenes creativos, algunas historias registran ciclos que nacieron de opiniones alteradas, de cambios súbitos de las cosechas. 

‎La opinión colectiva impulsa transformaciones, pero muchas lecciones de vida permanecen archivadas bajo etiquetas del olvido. Al pueblo, en su sabiduría práctica, le corresponderá  distinguir entre discursos vacíos y acción renacedora. Esa distinción no aparece en los manuales de urbanidad y buenas costumbres, ubiquémosla en la resistencia cotidiana del trabajador que negocia su salario, del estudiante que cuestiona el currículo, del jubilado que reclama su pensión. 

‎Esas microacciones contienen más cultura política que muchos tratados de filosofía social. La acción no requiere erudición, solicita valentía epistémica. Esa valentía consiste en despojar a los hechos de la carga opinática impuesta. Por ejemplo, la inflación no es un fenómeno cósmico, es una decisión política; la violencia no es un rasgo antropológico, es una consecuencia de la desigualdad legitimada. 

‎De manera que la interrogante inicial se transmuta. La cultura requerida no es aquella que enseña a sobrellevar la adversidad con estoicismo. Es la que provee herramientas para desmontar la adversidad misma; mientras la retórica insista en «falta cultura», se estará ocultando que sobra manipulación que alimenta la fragmentación. Divide al pueblo entre  cultos e incultos, entre los que entienden y los que necesitan explicaciones. En esa dicotomía cada ciudadano posee gérmenes de inteligencia política innata, adormecida por décadas de mensajes repetidos.

‎Despertar esa inteligencia implica rechazar herencias opináticas que llegan por herencia familiar y mediática. La política comienza en ese instante de claridad, cuando el vecino comprende que su incomodidad no deriva de la falta de cultura general, sino que proviene de la estructura específica que beneficia a pocos. Al comprender eso, el tropiezo con la piedra deja de ser destino cíclico, convirtiéndose en acto de conciencia que exige remover piedras del camino.

‎Resulta indispensable deconstruir la noción de progreso impuesta, hay que recuperar la soberanía de la mente. Cuando el pueblo entienda que las piedras en el camino no son accidentes geográficos, son construcciones políticas destinadas a frenar avances. La  madurez  se alcanza al cuestionar  conceptos abstractos que sirven para justificar lo de «es cultural».  La cultura nace en la plaza, en la organización vecinal, en la capacidad colectiva de imaginar alternativas frente a lo que se presenta como inevitable. Las opiniones generalizadas son, en gran medida, herramientas de gestión social.

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