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Patria: Espejismo digital al compromiso histórico |

‎Por: Oscar González Ortiz


‎El amor por la tierra propia nace en el primer suspiro frente a lo cotidiano, en el asombro silencioso ante el paisaje originario y en la memoria viva que transmiten los padres y abuelos. Esta pertenencia no es una fórmula abstracta ni se digiere como discurso prefabricado; se cultiva desde las raíces, reconociendo el valor intrínseco de la gente. Resulta paradójico cómo diversos actores externos e internos exhiben un entusiasmo desmedido por la nación, dirigiendo su mirada exclusivamente a la codicia por las riquezas del subsuelo mientras desprecian el rostro de quien habita la superficie. Amarse como pueblo es el antídoto definitivo contra ese extractivismo apático.

‎En la dinámica social contemporánea, el amor por la patria parece haberse convertido en manuscrito apócrifo, verdad oculta bajo intensas capas de inmediatez y distracción tecnológica. Cotidianamente surge una interrogante dentro del pensamiento: ¿Es posible amar aquello que jamás se ha conocido en su dimensión real? 

‎Para sectores considerables de la población, la idea de nación queda trágicamente reducida a imágenes efímeras proyectadas en algoritmos de redes sociales, al entusiasmo deportivo por atletas del béisbol o la admiración de bellezas mediáticas. Esta percepción fragmentada invisibiliza la esencia de la tierra natal. El conocimiento auténtico del territorio, de su memoria histórica y articulación social exige trascender la contemplación pasiva para adentrarse en vivencias comunitarias.

‎Surge el debate sobre la génesis de este sentimiento sagrado: ¿Dónde se enseña a amar a la nación? El hogar familiar, aulas de escuelas primarias, recintos universitarios y un océano de plataformas digitales compiten actualmente por moldear la conciencia política del ciudadano. Mientras los espacios virtuales diseminan tendencias volátiles, la familia e instituciones educativas conservan el deber supremo de cultivar valores éticos, soberanía e identidad cultural. Los próceres de la gesta de independencia no empuñaron armas ni entregaron sus vidas por causas vanas; aquellos Libertadores combatieron movidos por el sueño de conquistar una patria, soberana, justa y libre.

‎Esta entrega generosa establece hilo de continuidad indeleble a lo largo de la trayectoria jurídica e histórica. El texto fundacional de la Constitución de 1811 ya expresaba con absoluta nitidez la obligación cívica de «servir a la patria cuando ella lo exija». Semejante mandato resuena de forma directa en el artículo 130 de la Constitución de 1999, el cual estipula el deber ineludible de honrar, defender y resguardar la soberanía, cultura e identidad nacional. Se evidencia de este modo una tradición arraigada en el alma del pueblo, entrelazando el amor a la tierra con el cumplimiento activo y permanente de deberes ciudadanos.

‎Asumir el amor patrio en la actualidad demanda descorrer velos del desinterés y ejercitar políticas orientadas al bienestar colectivo. Conocer la patria significa recorrer sus comunidades, comprender las luchas, valorar la herencia de sus pensadores y comprometerse firmemente con la justicia social. El patriotismo del presente trasciende la simple veneración estática, constituye una fuerza transformadora, reflexiva y altamente consciente. Al rescatar esta herencia del olvido digital, el pueblo recupera su condición de protagonista de la historia, transformando aquel antiguo texto oculto en llama viva de unidad y soberanía. 

‎Poseemos la epopeya histórica más fértil y luminosa del continente, legado libertador que sistemáticamente se intenta eclipsar bajo mantos de amnesia cultural para debilitar la identidad colectiva. Invisibilizar la gesta heroica busca despojarnos del orgullo originario. Sin embargo, la dignidad de sentirse venezolano, heredero de la cuna de Simón Bolívar y abrazado por una fe profunda, permanece inalterable. La patria se defiende protegiendo a su pueblo, dignificando sus luchas diarias y honrando la memoria inmortal de quienes diseñaron la libertad a lomos de caballo.

‎Obligatorio resulta preguntar: ¿De qué manera concreta articulas hoy la defensa de la memoria histórica frente a los intentos de invisibilizarla en la vida cotidiana?

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