Tapa del frasco, síndrome de privilegios |
Por: Oscar González Ortiz
La expresión popular «creerse la tapa del frasco» hunde raíces históricas en el uso de los antiguos recipientes boticarios de vidrio, donde el sello superior resguardaba celosamente la sustancia valiosa. Con el devenir de las décadas, la sabiduría de las calles transformó esa metáfora cotidiana en diagnóstico sociocultural; esta conducta surge de la necesidad de validación y de marcar distancias mediante la pretensión de jerarquía imaginaria.
Desde la perspectiva sociológica, asumir la postura de estar por encima del resto constituye un mecanismo de blindaje ante la fragilidad de las instituciones. Quien apela a este comportamiento busca exhibir un poder simbólico o una red de influencias para resolver tensiones de la vida diaria. En este sentido, la edad puede influir de manera determinante en este fenómeno; la juventud suele proyectarlo como ímpetu por destacar frente a sus pares, mientras que la madurez tiende a cristalizarlo en un afán por preservar beneficios o cuotas de autoridad acumuladas.
El poder cotidiano se disfraza con ropajes insólitos en avenidas, pasillos institucionales y predios del campo. En la República Bolivariana de Venezuela, la sabiduría popular acuñó esta metáfora precisa para señalar el ego desmedido: creerse la tapa del frasco. Aquella persona instalada en el carril rápido de la autopista sin ceder el paso, el portero institucional que convierte una planilla en pedestal trágico, el infractor que desconoce a la autoridad o el agricultor que prende fuego a la sabana sin mirar el humo que ahoga al vecino encarnan la misma patología sociopolítica. Todos se asumen la pieza definitiva, la que cierra el frasco, la única indispensable.
Esta conducta va más allá del desatino individual; constituye un modelo microscópico de ejercicio despótico. Cuando un ciudadano responde con un tajante «porque lo digo yo» o cuando enciende un cigarrillo en espacio cerrado sabiendo el daño circundante, replica en su escala personal el síndrome de las peores lógicas de dominación autoritaria. Históricamente, la vida en comunidad requirió la creación de normas para impedir la prevalencia del más fuerte sobre el colectivo. Desde las asambleas de la antigua Grecia hasta los pactos comunales en la América, las civilizaciones progresaron al comprender que la convivencia exige renunciar al absolutismo del yo.
El fenómeno del individuo que se adjudica jerarquía superior sobre los demás socava la raíz misma de la soberanía popular. La soberanía reside en el conjunto, en la masa deliberante, activa y corresponsable. Cuando un sujeto bloquea el flujo del tránsito o impide el acceso a un servicio público por puro capricho administrativo, privatiza un derecho colectivo para transformarlo en su pequeño feudo territorial. La arrogancia se convierte entonces en mecanismo de desintegración social, virus que mina la confianza mutua y destruye el entramado democrático desde la base.
Superar este vicio cultural implica profunda descolonización de la conducta diaria. El pueblo se construye desde la horizontalidad y reconocimiento explícito del prójimo. Un frasco no existe para glorificar su tapa; existe para resguardar el contenido que alberga adentro. El contenido de la sociedad es el bienestar común, salud comunitaria, libre tránsito, respeto a la respiración ajena y humilde aceptación de las faltas propias.
En la dinámica del pueblo, esta actitud fragmenta. Sustituye la solidaridad colectiva por individualismo desafiante. La política cotidiana exige desmontar este espejismo de superioridad que erosiona la igualdad de derechos. Cuando los ciudadanos entienden que el valor reside en el recipiente compartido y nunca en la ostentación de la tapa, la conciencia colectiva desplaza la soberbia para edificar convivencia genuinamente horizontal. La transformación del país demanda superar la ilusión de creerse intocable, para integrarse al esfuerzo de la mayoría.
