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Cotoperí: Fruto, memoria y destino común |

Por: Oscar González Ortiz

La memoria colectiva atesora sabores ancestrales, mientras el presente los desplaza con ofertas vacías de sustancia la historia venezolana muestra ciclos repetidos. En cuanto al cotoperí, su escasez refleja cómo tesoros auténticos de nuestra tierra se desvanecen cuando las comunidades descuidan sus raíces. Paralelamente, en la arena política circulan fórmulas de rápida fermentación ofrecidas por actores que en pasados pasajes históricos tuvieron responsabilidades directas en el rumbo del país. 

En cada esquina del tiempo aparecen figuras prometiendo redención; estas personas, en momentos pretéritos, ocuparon espacios de poder, ahora retornan con discursos renovados, aprovechando la fragilidad de memoria que se desvanece. Estos promotores de soluciones milagrosas apuestan a la fragilidad del recuerdo colectivo para erigirse como salvadores, pretendiendo moldear los tiempos venideros con la misma masa que antes se descompuso, aprovechando la amnesia colectiva para brillar ocultando el pasado.

Rodearse de personas que impulsen resulta fundamental; la compañía adecuada eleva, mientras la equivocada arrastra hacia abismos; en estos tiempos difíciles, cada decisión pesa. El florecimiento de la sociedad jamás es obra exclusiva del esfuerzo individual aisladamente considerado, las circunstancias del entorno determinan en gran medida la viabilidad de cualquier proyecto colectivo. Por esta razón, el cuerpo social requiere articularse alrededor de liderazgos integrales cuya trayectoria resista la luz pública, rechazando a quienes necesitan ocultar antecedentes para proyectar imágenes falsamente luminosas. 

Hacer el bien o mal, son líneas que separan caminos que se difuminan cuando el desespero nubla el juicio. Cabe destacar que la transformación social no requiere seres perfectos o inalcanzables; estos momentos demandan mujeres y hombres disponibles, dispuestos a poner voluntad, capacidad, gerencia y compromiso al servicio del bien común. 

El devenir histórico enseña que pueblos fragmentados por pugnas internas terminaron extinguiendo su viabilidad soberana. Tanto en el plano de la nación como núcleo familiar, la ruptura de la cohesión interna precede a la ruina de la estructura entera, agravándose cuando en el colectivo instalan ceguera voluntaria y sordera frente a realidades tangibles; aquellos que miran sin ver y oyen sin escuchar abundan en plazas y mercados.

Existen momentos en los que la percepción social queda obnubilada por el discurso estridente, repitiendo aquel tragicómico episodio de la antigüedad en el que la multitud encandilada prefirió otorgar libertad a un malhechor comprobado antes que respaldar la causa de la verdad absoluta. Esta reseña histórica resuena con fuerza inquietante, la política, entendida como servicio, exige: lucidez, reconocer rostros detrás de máscaras nuevas, distinguir entre quien construye y quien aprovecha.

Para evitar la repetición de estos ciclos de extravío, la ciudadanía debe desarrollar conciencia crítica que distinga entre la propuesta fértil y la promesa vacía. La construcción de horizontes prósperos exige cultivar el discernimiento histórico con la misma paciencia con que se cuida la tierra que da el cotoperí. Sólo mediante la unidad consciente y el rechazo firme a la manipulación mesiánica, el pueblo podrá asegurar que el destino colectivo sea moldeado por la verdad y dignidad que sus integrantes merecen.

La verdadera renovación requiere trabajo colectivo, raíces profundas, paciencia histórica. El cotoperí enseña lecciones: Su existencia depende del suelo, agua, cuidado comunitario. Ningún árbol crece aislado; ningún pueblo prospera dividido. La unidad se articula con hilos de memoria y propósitos compartidos. Rescatemos: sabores auténticos, historias verdaderas y capacidad de discernir. Los ciudadanos poseen sabiduría acumulada durante generaciones, ésta no debe desperdiciarse en espejismos pasajeros. Cada elección configura porvenir, cada silencio cómplice permite que sombras antiguas recuperen poder; la conciencia colectiva construyámosla con actos cotidianos. 

El cotoperí aguarda, quizás, en algún patio olvidado; su dulzura recuerda que lo genuino perdura, lo artificial se marchita. Los ciudadanos merecen líderes que empujen hacia adelante, compañeros que sumen que la memoria corta no sea excusa para repetir errores antiguos.

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