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Miradas impasibles, indiferencia sustituye políticas |

Por: Oscar González Ortiz

El juicio apresurado e indiferencia social constituyen dos caras de una misma crisis ética. Desde tiempos remotos, las comunidades tienden a construir relatos parciales sobre la vida de los demás, amparándose en medias verdades para evadir responsabilidades. Estas dinámicas distorsionan realidades anestesiando la conciencia pública frente al sufrimiento que ocurre en el entorno inmediato.

Contemplar el abandono de seres humanos en cualquier rincón del mundo interpela directamente el sentido de la organización política y familiar; cuando la rutina cotidiana permite transitar al lado de la precariedad extrema sin inmutarse, la comprensión deja de ser pilar de la convivencia para convertirse en concepto abstracto. Desviar la mirada para evitar la incomodidad o cuestionamiento propio demuestra hasta qué punto las prioridades sociales colocan lo confortable personal por encima de la dignidad compartida.

El caminar por senderos de la historia permite comprender cómo dinámicas sociales repiten fracturas a través de las épocas; en la Judea del siglo I, las miradas inquisidoras juzgaban a Jesús de Nazaret a partir de esquemas rígidos, entrelazando verdades completas con medias verdades, según la conveniencia de los poderes dominantes. Quienes lo rodeaban, tanto allegados como extraños, emitieron juicios de valor destinados a distorsionar una práctica orientada a la dignidad. Este fenómeno de tergiversación se traslada hoy a la cotidianeidad de cualquier municipio de la geografía llanera, donde la percepción social suele nublarse por prejuicios o indiferencia.

Durante un trayecto por una nación euroasiática, la memoria registra el discurrir de un río cuya ribera alojaba a cientos de familias asentadas sobre la precariedad absoluta. Aquellas viviendas improvisadas con madera, desechos reciclados e hileras de bolsas de plástico color negro constituyen testimonios dolorosos de marginalidad estructural. Tiempo después, al recorrer una comunidad local en las llanuras de este estado llanero, la imagen resurge con igual nitidez al contemplar a un adulto mayor sumido en abandono similar. La escena reflejaba desconexión familiar y aislamiento desgarrador en medio de la comunidad.

Frente a realidades de esta magnitud, las estructuras del poder público, representadas por gobiernos regionales, ministerios, instituciones locales y organismos diversos, poseen la facultad teórica de coordinar acciones inmediatas. Sin embargo, el ejercicio de la política formal, sumado a las presiones de la economía actual, provocan la evaporación progresiva de la compasión. Resulta desconcertante observar cómo transeúntes andan a pocos metros de una existencia castigada, desviando la vista para evitar la confrontación con el dolor ajeno. Callar ante tales condiciones parece haberse convertido en regla no escrita orientada a proteger susceptibilidades antes que a transformar realidades.

En momentos previos existieron programas de atención comunitaria que, aún lejos de solucionar los dilemas de fondo, ofrecían respuestas urgentes ante urgencias extremas. La ausencia de mecanismos efectivos en la dinámica presente genera incertidumbre colectiva respecto a las capacidades de asistencia real. La política requiere rediseñar prioridades para reintegrar la compasión en la gestión institucional.

La reconstrucción del entramado colectivo exige asumir que el bienestar humano trasciende las disputas partidistas o fórmulas teóricas. La vulnerabilidad de un anciano en una calle demanda soluciones integrales donde coincidan el compromiso estatal y sensibilidad de las familias. Superar la tibieza social implica reconocer al otro en toda su dimensión, transformando los juicios apresurados en acciones concretas que restauren la dignidad individual y sentido de convivencia.

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