¡SE MURIÓ FULANO DE TAL!

Por Deisy Viana

#DéjameContarte que el sol comenzaba a declinar. Los obreros, sudorosos, dentro de poco habrían de terminar su trabajo. Un poco más de cemento, unos cuantos golpes de pala y todo podría considerarse concluido.

Allí abajo quedó él, sembrado, oculto entre la tierra. En el mundo de las sombras. Sobre la pila de tierra unas cuantas flores, flores que dentro de poco seguirán su misma suerte: Un marchitarse inexorable y luego la descomposición entrará a hacer lo suyo para transformar la vanidad del perfume y hermoso colorido en alimento para insectos y plantas, simple materia orgánica.

Sus familiares se sumergen en tristeza y llanto ante la negación de la aceptación que batalla con las interrogantes: ¿por qué? Si estaba tan bien, no lo merecía, tenía mucho futuro, jamás pensamos que se iría tan pronto… En sus mentes se revuelve un torturante vaivén de recuerdos, sus últimas palabras, su última risa, su mirada. Para palear el dolor, han colgado en sus estados de redes sociales el obituario con su respectivo lazo negro y las mejores fotos en su compañía ilustradas con las frases y manifestaciones de afecto que jamás fueron capaces de decirle en vida.

Así, los obreros terminan el trabajo, “muerto número tal de esta semana”, ya están acostumbrados, el cementerio es un ir y venir de muertos, todos los días lo mismo, ataúdes, dolientes, sollozos, empleados de funerarias, las flores, oraciones sobre la tumba, el último discurso cargado de adioses dirigido a un cuerpo inerte sin conciencia, vacío, en pleno desconocimiento de lo que sucede. Luego soledad. Esa es la rutina en la cotidianidad sepulcral, la cual se simplifica si ocurre por Covid-19 o se sospecha del mismo.

Estamos lanzados en el mundo, marchamos a través de la historia haciendo la historia, cíclica, como una canción que se repite incansable: pensamos y queremos, nos alegramos y sufrimos, vivimos y morimos, aunque nuestro entendimiento y voluntad tengan horizontes infinitos.

¿Cuál es entonces el sentido de la existencia? agregaría el Rey sabio Salomón: ¡Si todo es vanidad y aflicción! En este peregrinar histórico los seres humanos tentados por el mundo se construyen falsas respuestas que luego transforman en ídolos, divinizando la política, la economía, las apariencias, el capital, la sexualidad, el poder, el liderazgo, los cargos, prestigio, las libertades hechas libertinaje, los movimientos, la ideología, tendencias, progreso… Se hace dios absoluto a un pedazo de realidad con detrimento del resto, postrándose ante ellas y malgastando su existencia en estas vanidades que no satisfacen, no llenan, frustran.

¿Sabías qué? Cuando llegue el turno de que te siembren, no podrás ver quiénes de tus contactos colgaron alguna foto tuya en sus estados, de nada te servirá lo que envidiaste, ni tus discusiones absurdas que provocaron tantos conflictos, ni tus quejas por todo, las intrigas que abonaste con tus comentarios malsanos, engrosar tu ego para sentirte superior, por encima de los demás o a cuántos te llevaste por delante para “cuidar tu espacio”.

La mayor inversión que se puede hacer en este plano es dedicar tiempo de calidad a la familia, a los seres queridos. ¡Eso es insustituible! ¿Cuánta gente se gasta la vida ocupada queriendo cambiar el mundo? Olvidando que la mayoría de los complejos, enfermedades, problemas emocionales, disfuncionalidad social, desviaciones morales, conflictos y antivalores surgen por el descuido del hogar. Eso no se arregla con más leyes, más policías, más cárceles, más hospitales, más políticas sociales o nuevos políticos, más movimientos ideológicos, más poder o más dólares, porque la sociedad que tenemos es el reflejo de las familias que la integran.

El ser humano nació para vivir integrado en sociedad, por lo que cada una de sus acciones individuales o inacciones impactan su entorno, comenzando en su familia y expandiéndose a su comunidad y más allá, la suma de estos comportamientos termina caracterizando una nación entera.

Cuando se muere algún fulano o fulana, a quienes de verdad les duele su ausencia es a la familia, la misma que desatendieron mientras estaban tan ocupados en las banalidades antes mencionadas poniendo en último lugar el amor real, ese mismo amor que dio origen a la creación, que revive la esperanza, fortalece los lazos de unidad, nos llena de fe para soñar y renovar las fuerzas para vivir. ¿Qué eternidad les espera a sus almas? Sabrá Dios… ¡Pero, ya se murieron, aquí la vida con sus afanes continúa para seguir repitiendo historias! Y el cuerpo vanidoso de cada fulana o fulano igual se lo comerán los gusanos.