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Una maestría fingiendo orgasmos



Los hombres se preocupan a menudo por los orgasmos fingidos de las mujeres, pero no lo comentan entre ellos, probablemente por el temor a sentirse poco hombres, quizá en esto radica que poco aprenden, porque una mezcla de terror y ego los paraliza y no indagan mucho sobre el tema.

Y nosotras, depende del grado de confianza con las amigas, lo comentamos o hacemos caso omiso, en parte porque nos da vergüenza admitir que el hombre que tenemos al lado no nos satisface como es debido y en vez de ocuparnos de la situación, la dejamos correr sin declararles que los gemidos, esos que le elevaron el ego, eran de mentira.

Los orgasmos de mentira son más comunes de lo que se cree. A lo largo del tiempo las mujeres hemos aprendido varios oficios y destrezas, entre ellas, somos buenas fingiendo, tanto tanto que el hombre se la cree, como si tuviéramos una maestría fingiendo orgasmos. 

Lo deprimente de esto es que demuestra que no todas somos capaces de afrontar la sexualidad como un ítem importante en nuestras vidas. Y que incluso, nuestro placer no depende del todo del hombre, pero nos han enseñado que sí, que ellos deben ser tan hombres que nos hagan sentir mujer de verdad, como si no fuera suficiente con todo el peso social, como para agregarle también que solo ellos nos pueden hacer sentir mujer. ¿Es en serio?

Debemos más bien mentalizarnos de que el sexo se disfruta, que si él no supo tocarte, hazte tú responsable de tu propio placer. Obvio, si él no pone de su parte, lo mejor es que ahí no vuelvas.

En el caso de ellos, recae todo el peso moral: que nos deben satisfacer, que es de machos hacer gemir a una mujer; entonces los pobres andan por ahí sintiéndose o muy vigorosos porque la mujer convulsionó entre las sabanas, o muy desdichados porque tienen la sospecha de que le andan fingiendo orgasmos.

Para que tengan una idea, la mujer finge por muchos motivos, dijera mi amiga Iva “para que acaben rápido, no lo estoy disfrutando y ¡Qué ladilla!, lo tiene pequeño y no lo sabe usar… yo lo hago cuando no lo estoy disfrutando y quiero que termine”.

Pero ese “no lo estoy disfrutando” es orientado a que no hubo la química que se pensó, el tipo es un aguado (no referente a su miembro), es que no tiene creatividad ni originalidad. O también puede suceder que no habían las ganas suficientes, entonces fingimos, como me expresó una amiga: “siendo egoístas con nosotras mismas, haciéndoles creer algo que no ocurre solo para no herir su ego, para que no se sientan mal”.


Aquí es donde te das cuenta que todo se trata de ellos, para que su ego no se aplaste mientras nosotras quedamos como pajarito en grama viendo para los lados, algunas optan por dormirse, otras por darse su placer y llegan al punto de usar un juguete que les ayude con ese placer no obtenido, pero la mayoría, se queda con la insatisfacción. Por eso la comunicación debe ser fluida, decirle lo que te gusta y cómo te gusta. Que no seas tan rústico, que no muerdas donde no debes, que recuerdes despertarme el cuerpo, que no vayas directo a tocarme abajo, a menos que la situación y la mente así lo permitan, como ocurre en los rapiditos.

Está claro que si las mujeres fingieran menos, habría más mujeres satisfechas y menos hombres creyéndose los más machos.

Pero también es cierto, que ellos deben aprender a conocer el cuerpo de la mujer, tener tacto, saber cuáles son las zonas erógenas y volcarse ahí. Recordar que el cuerpo de la mujer es un todo, no puedes olvidarte de él y enfocarte en la vagina, porque de plano te digo que estás perdido amiguito. Les doy un dato: comiencen por el cerebro.

Keimary Ruiz H. / Periodista

@keiruizh

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