El funcionario inalcanzable
Oscar Humberto González Ortiz
La esencia de la política, en su concepción humanista reside en el servicio; es una verdad que recorre la historia del pensamiento político, desde las ágoras griegas hasta las modernas Teorías del Estado de bienestar (Welfare State). En el contexto latinoamericano, esta idea encontró voz potente y visionaria en Simón Bolívar. Su discurso ante el Congreso de Angostura en 1819 fue un tratado filosófico sobre la naturaleza de la república y la responsabilidad moral de quien ejerce una función pública.
Bolívar vislumbró una Administración Pública ágil, eficaz y, sobre todo, profundamente conectada con el pueblo, a cuyo servicio debía consagrarse. Sin embargo, en la práctica contemporánea, con frecuencia se erigen barreras invisibles infranqueables entre el ciudadano y el funcionario, desarrollándose una muralla de procedimientos, indiferencias y agendas saturadas que contradicen el ideal revolucionario, y hasta comprometen la racionalidad.
Esta paradoja es dolorosamente palpable para el ciudadano común. Tiene fe en las instituciones, deposita esperanzas en los representantes elegidos mediante el voto, pero al intentar materializar ese derecho a la participación y atención, choca con un muro de silencio. Las gestiones digitales, teóricamente diseñadas para agilizar trámites, se convierten en laberintos donde los mensajes quedan “en azul”, leídos e ignorados con pocos éxitos para el solicitante.
Esta situación no es una molestia logística, representa una fractura en el pacto social; el ciudadano que fue votante, el sustento legítimo de esa autoridad, se transforma en un suplicante, en un número más de una carpeta marrón que debe esperar turno en una cola infinita.
La experiencia personal para conversar con un funcionario público de determinado ministerio lo demuestra de manera elocuente; solicitar una audiencia de apenas quince minutos se convierte en odisea que exige más recaudos que un proceso judicial. Se requiere presentar en carpeta marrón los siguientes requisitos: carta de exposición y motivos (teléfonos, correo electrónico), copias de la cédula de identidad, copia del Registro fiscal (RIF), copia del Carnet de la Patria (ambos lados) e incluso informe médico, todo debidamente foliado y dirigido a la Licenciada directora general de la oficina de atención --oficina general que parece existir en un plano dimensional distinto--.
Este ritual burocrático no protege la eficiencia, la anula; no salvaguarda los recursos, los desperdicia en trámites redundantes. El espíritu de este proceder recuerda a aquella lectura realizada: “el funcionario no electo” del que se ha escrito, figura que opera con autonomía inquietante, ajena a la voluntad popular que legitima el gobierno del cual forma parte.
La burocracia como muro de contención social
Este fenómeno no es nuevo, por supuesto, el propio Libertador lo vio venir y combatió: Alertó sobre los peligros de una Administración pesada y lenta, que en lugar de servir al ciudadano, se sirve a sí misma. Simón Rodríguez, su maestro, filosofó con agudeza sobre la necesidad de inventar nuevas formas de convivencia republicana, alejadas de los vicios coloniales de la tramitología y el privilegio de escritorio.
Mucho más cerca en el tiempo, el Comandante Hugo Chávez dedicó innumerables discursos a criticar el cáncer del burocratismo, llegando a recomendar literaturas específicas para que se comprendiera el origen y naturaleza de este mal. Identificó la burocracia como un error de gestión, herramienta de dominación, forma de perpetuar la exclusión disfrazada de protocolo.
La terrible ironía reside en que, a pesar de esta claridad doctrinal y estas advertencias históricas, el monstruo de la burocracia continúa creciendo, enquistándose en el entramado del Estado, generando capas intermedias de gestión que filtran, retrasan y, en última instancia, niegan el acceso. El funcionario, electo o no, vive en burbujas de ocupaciones urgentes que le impiden cumplir con su principal deber: escuchar y atender.
Se prioriza la reunión con el igual, correligionario, interés corporativo, prefiriéndolo por sobre el encuentro con el pueblo llano, que es la verdadera fuente de su mandato. No obstante, y he aquí el misterio del espíritu humano, la fe persiste, la esperanza, como la de los fanáticos de la Vinotinto, se mantiene terca e indoblegable: “hermano tengo fe”.
Continúo creyendo que, eventualmente, la petición será escuchada, que los quince minutos serán concedidos, que el ideal de Angostura puede resucitar en el despacho de un funcionario que recuerde para quién trabaja. Esta tenacidad no es ingenuidad, es la expresión más pura de la soberanía popular. Es el pueblo recordándole a sus servidores, con paciencia obstinada, que su poder es prestado, que su autoridad es delegada y que su escritorio es, en realidad, propiedad de quienes confiaron en ellos. La vigencia de Bolívar no está en sus frases, está en la lucha constante por hacerlas realidad, incluso en las batallas aparentemente pequeñas pero profundamente significativa de lograr ser atendido.