¿Qué hacer ante un linchamiento digital?
Por: Deisy Viana
Déjame contarte que hay personas que, sin proponérselo, se convierten en espejo y en escuela. Esta semana conocí a una de ellas. No revelaré su nombre, porque su historia no necesita etiquetas ni rostros para conmover. Basta con decir que es joven, valiente y que ha sido víctima de una de las formas más crueles de violencia contemporánea: el linchamiento digital.
Las redes sociales, que deberían ser puentes de encuentro, se convirtieron en una plaza pública donde la burla, el juicio y la humillación se disfrazaron de entretenimiento. Memes, comentarios hirientes, risas en cadena. Todo por una imagen, un gesto, una diferencia. Pero lo que más me impactó no fue la saña de los ataques, sino la respuesta de ella: una sonrisa.
No fue una sonrisa de resignación, sino de dignidad. No fue silencio por debilidad, sino por sabiduría. No respondió con insultos, ni se dejó arrastrar por la corriente de odio. En lugar de eso, tomó una decisión que cambió el rumbo de su vida: estudiar, prepararse, crecer. Convertir la herida en impulso. El agravio en propósito.
En un mundo donde la reacción inmediata parece ser la norma, donde el grito se impone al argumento y la emoción desbordada se celebra como autenticidad, esta joven eligió el camino menos transitado: el del dominio propio. Y en ese gesto silencioso, nos dio una lección que muchos aún no hemos aprendido.
La Biblia, en Proverbios 16:32, nos recuerda:
“Mejor es el que tarda en airarse que el fuerte; y el que se enseñorea de su espíritu, que el que toma una ciudad.”
Este versículo no solo exalta la templanza como virtud, sino que la coloca por encima de la fuerza bruta y la conquista externa. Porque dominar una ciudad puede ser cuestión de estrategia, pero dominar el corazón es asunto de carácter.
Ella lo entendió. Y al hacerlo, se convirtió en arquitecta de su destino. Su decisión de no responder con odio le permitió conservar su paz, su dignidad y su enfoque. Hoy, mientras muchos de sus agresores siguen atrapados en la rueda del juicio fácil y la risa vacía, ella avanza. Estudia, se forma, sueña. Y lo hace con la frente en alto.
¿Y los que la atacaron?
Podríamos condenarlos. Podríamos desear que reciban una lección. Pero quizás la verdadera enseñanza ya les fue dada. Porque cada burla lanzada fue respondida con una sonrisa. Cada intento de humillar, con un paso más hacia el crecimiento. Y eso, en el fondo, confronta. Porque el que hiere, muchas veces lo hace desde su propia herida. Y ver a alguien florecer donde uno sembró espinas, puede ser el inicio de una transformación.
Tal vez, sin saberlo, esta joven también los está educando. Les está mostrando que hay otra forma de habitar el mundo. Que la fuerza no está en el grito, sino en la serenidad. Que la verdadera revolución comienza cuando uno decide no ser esclavo de sus emociones, sino señor de su espíritu.
En tiempos donde la reacción es inmediata y la empatía escasea, historias como esta nos invitan a detenernos. A preguntarnos: ¿qué estoy sembrando con mis palabras? ¿Qué reflejo estoy dejando en los demás? ¿Y qué pasaría si, como esta joven, eligiéramos responder al odio con dignidad, al juicio con propósito, y al dolor con crecimiento?
Quizás entonces, como ella, también nosotros podríamos conquistar algo más grande que una ciudad: nuestro propio corazón.
