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Despertar de la identidad continental

Oscar González Ortiz

Un cantante, en el escenario masivo de un encuentro deportivo, corrigió con simpleza una usurpación semántica: América no es un país, es un continente entero de pueblos y sueños. Esa aclaración es recordatorio de que la primera enfermedad que sufren los pueblos es la del nombre robado, identidad secuestrada. 

La geografía del pensamiento exige una precisión que la hegemonía cultural suele desdibujar bajo el peso de sus propios intereses. Recientemente, ese escenario mostró que América constituye un continente vibrante y plural, no una nación unificada bajo una sola bandera. Esta precisión semántica resulta vital para rescatar la dignidad de los pueblos situados desde la Patagonia hasta el río Bravo. 

Históricamente, la apropiación del nombre continental por parte de esa potencia del Norte sirvió como herramienta de invisibilización hacia sus vecinos; es alarmante observar cómo este mismo centro de poder ejerce acciones coercitivas que vulneran soberanías de naciones hermanas, llegando al extremo de mantener bajo condiciones de secuestro político al primer mandatario de la República Bolivariana de Venezuela y a su cónyuge. 

En otro contexto, la ética del bienestar cobra vigencia inusitada: pareciera que el negocio no es sanar enfermos, es enfermar sanos, ¿la psiquiatría estará aportando manuales con listas de nuevos desórdenes y campañas de mercadotenia convencen al público de que sus malestares cotidianos tienen solución química, transformando la vida en mercancía de rentabilidad perpetua; el modelo es claro: no se prioriza curar, se incentiva enfermar. Frente a este dilema, la historia ofrecerá antídotos.  

Preguntémonos qué diría el maestro Simón Rodríguez: nos recordaría que sólo la educación emancipadora puede liberarnos de las cadenas del consumo impuesto. Asimismo, la integridad científica del Dr. Jacinto Convit reafirmaría que la Medicina debe ser acto de amor y servicio, su vida dedicada a vacunas para los desposeídos y a integrar atención en comunidades encarna el principio: la salud es un bien público, no mercancías establecidas en las lógicas de acumulación financiera que hoy rigen laboratorios transnacionales. 

Enfermar sanos trasciende lo médico, diagnostica patologías del poder, describe cómo se colonizan territorios físicos y fragilizan naciones para hacerlas dependientes. La verdadera cura, por consiguiente, exige el coraje de cantantes para reclamar el nombre propio, la terquedad de Convit por sanar a invisibles y la visión de Simón Rodríguez de un pueblo que termina de nacer, dueño de su destino y de su salud.

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