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Fractura, retorno al inventar o errar

Oscar González Ortiz

La dinámica actual impone ritmos frenéticos donde las oscilaciones de la divisa extranjera socavan la estabilidad de gran cantidad de hogares, generando presión constante sobre el espíritu y salud mental de las personas. La economía oscila cada día, suspendida en el vaivén del dólar que continúa torciendo brazos; los precios altos ya no obedecen sólo a la divisa; responden también a intereses internos que afectan el espíritu comunitario. 

En este escenario de incertidumbre financiera, durante el mes consagrado a la mujer y celebrado el Día del Trabajo Social, afloran síntomas de patologías: aumento de índices en suicidios juveniles, adultos mayores abandonados en la sociedad, multiplicación de madres que desertan del hogar, personas hipnotizadas por pantallas perdiendo completamente la atención —el aislamiento digital se vuelve paisaje cotidiano—, cantidades de desechos (basuras) obstruyendo quebradas y accesos a diferentes municipios, con todo ese panorama perturbador estaremos enfrentando una crisis de cuidados que exige reingeniería ética

Los filósofos griegos definían la política como el arte de la convivencia en la polis, indagaron sobre la areté o excelencia del alma, conjunción entre la racionalidad y la virtud; mas hoy estaremos padeciendo su eclipse. Sócrates enseñaba que nadie obra mal voluntariamente, sino por ignorancia del bien. Platón imaginó la justicia como armonía entre las partes del alma y la polis; al contrario, muchas comunidades yacen fragmentadas, sin correspondencia; Simón Rodríguez, el maestro libertador, advertía con lucidez que la formación de ciudadanos es el requisito previo para la existencia de una República verdadera. Su máxima de «inventar o errar» cobra vigencia ante la desconexión con el entorno compartido y el bien común.  

Para alumbrar soluciones inéditas, precisamos lecturas diversas, o tal vez comunicarnos con los extraterrestres en alguna remota constelación mediante inteligencia artificial. No obstante, el descuido afectivo convierte barrios en vertederos y adultos mayores en despojos. Estas realidades exigen reflexión, no discursos. La desatención hacia los vulnerables evidencia quiebra espiritual, los jóvenes buscan salidas trágicas, los niños se alienan digitalmente y la basura acumulada simboliza abandono colectivo. 

Es imperativo forjar voluntad colectiva que priorice la protección del vulnerable sobre la lógica del mercado; repensemos la convivencia desde sus cimientos, exploremos vías alternativas que conjuguen sabiduría ancestral con herramientas contemporáneas. El verdadero desafío consiste en recuperar el asombro ético frente al sufrimiento ajeno, porque ninguna variación cambiaria justifica la descomposición del alma popular.

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