El reloj que no sonó
Oscar González Ortiz
La narrativa histórica enseña, con insistencia casi cruel, que las estructuras de poder suelen cimentarse sobre la falacia de que existen conflictos bélicos necesarios. No obstante, la realidad popular desmiente esta premisa: la historia de los pueblos es el testimonio de que toda confrontación armada fue un fracaso del espíritu humano, mientras que la concordia, aún en los términos más modestos, constituye el único suelo fértil para la vida.
Algunos idealizan la paz como un estado celestial y la guerra como el infierno evitable. Sin embargo, entre ambos extremos prospera el oportunismo. Algunos líderes venden conflictos para mantenerse en el poder; otros negocian treguas falsas para saquear durante el silencio, disfrazando ideologías para justificar intereses que resultan ajenos al bienestar común. La ambición de pocos dicta el destino de muchos, estableciendo desconexiones profundas entre promesas de grandeza y la cotidianidad del ciudadano.
La vida colectiva rara vez es blanca o negra, redes sociales, medios de comunicación y lo moderno alteran la percepción del bienestar. Muchas personas perdieron la capacidad de asombro ante lo simple: La siembra compartida en el conuco, el sancocho de curito bajo la mata de aguacate o un techo sin lujos ya no bastan.
La elevación artificial de expectativas genera frustración colectiva que el sistema utiliza. En paralelo, observamos la paradoja de la fe: existen líneas difusas entre quienes encuentran en la espiritualidad (cargo o posición social) el motor ético de servicio y quienes transforman lo que llamaré religión en mercado de influencias.
Por eso, en las barriadas populares, la solidaridad no nace de la abundancia, parte de la certeza de que mañana puede faltar todo. Algunos fieles entregan el corazón sin exigir milagros, otros convierten la fe en moneda de cambio. No siempre distingue el ojo humano entre el creyente genuino y el comerciante de esperanzas. La acción solidaria revela: hay personas muertas en vida que nunca ayudaron, mientras enfermos de cáncer o artritis reumatológica luchan cada segundo como guerreros silenciosos en las salas asistenciales o en sus hogares, superando cualquier discurso heroico de escritorio.
Estos seres humanos, colocan la alarma del celular para despertarse al amanecer, pero a veces el alba llega sin ellos, su lucha no es tristeza: programan esperanzas. Quien no mira a los enfermos con dignidad ya perdió el alma, aunque respire. La paz verdadera no se enmarca en la ausencia de bombas, es la certeza de que, pase lo que pase, nadie enfrentará solo su madrugada.
