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La decisión que lo cambia todo

Por: Deisy Viana


La lluvia golpea el cristal de mi ventana mientras observo el ir y venir de la gente en la calle. Todos caminan rápido, absortos en las pantallas de sus teléfonos de última generación. Vivimos en la era de la hiperconectividad, rodeados de algoritmos que predicen nuestros gustos y satélites que guían nuestros pasos exactos. Sin embargo, en mi labor diaria escucho constantemente el eco de una desconexión mucho más profunda: la de personas atrapadas en el laberinto de su propia mente, incapaces de ver los caminos que se abren ante sus ojos.


Las oportunidades no suelen presentarse con luces de neón ni anuncios ruidosos. Llegan en silencio. Son esa conversación imprevista, ese proyecto que exige aprender algo nuevo o simplemente la opción de reaccionar de manera diferente ante un problema de siempre. El verdadero drama humano que presencio a diario es cómo la gente las deja ir de largo. No es por falta de inteligencia, sino por ceguera voluntaria. Estamos tan enfocados en "otros nortes", tan obsesionados con los errores del pasado, con la culpa devoradora o con el peso asfixiante de los juicios ajenos, que el presente se vuelve invisible.


Con frecuencia recibo a personas que viven en un eterno tiempo pretérito. Recuerdan y anhelan lo que ya pasó, sin darse cuenta de que ese viaje mental constante les roba el hoy. Al mirar solo hacia atrás, se vuelven incapaces de apreciar sus propios talentos y virtudes actuales. Se prohíben conocer nuevas personas, explorar lugares distintos y saborear la maravillosa experiencia de decir: "Es la primera vez que hago esto".


Todo en nuestra existencia circula alrededor de las decisiones. Aunque se dice fácil, sé perfectamente que decidir es una de las tareas más complejas del ser humano. Existe un fenómeno alarmante: la gente se acostumbra incluso a mal vivir. Prefieren la infelicidad conocida que el riesgo de la incertidumbre. Es el temor a enfrentarse a lo desconocido lo que paraliza. Lo que muchos no logran vislumbrar es que, precisamente detrás de esa densa cortina de miedo, se encuentra el éxito y la autorrealización.


Negarse a explorar lo nuevo es prohibirse la satisfacción de comenzar de nuevo, pero ahora con una ventaja competitiva invaluable: la experiencia. Superar estos estados de frustración y estancamiento requiere soltar las cargas, dejar de vivir para cumplir las expectativas de los demás y empezar a construir una vida propia. En un mundo con tanto avance tecnológico, la mayor paradoja es que seguimos enfermando de depresión por no saber gestionar nuestros vacíos emocionales.


Esta tendencia a aferrarse a lo seguro, a quejarse por el presente y a idealizar el pasado no es una patología de la era moderna; está codificada en la conducta humana desde hace milenios.Déjame contarte parte de la historia del pueblo de Israel durante su éxodo por el desierto como reflejo exacto de este autosabotaje. Tras ser liberados de siglos de esclavitud en Egipto, un evento que representaba la máxima oportunidad de comenzar de nuevo en una tierra próspera, la mentalidad de la población colapsó ante la incertidumbre del desierto. Ante las primeras dificultades, comenzaron a quejarse y a mirar atrás. Añoraban las ollas de carne y las cebollas de Egipto. Preferían la seguridad de las cadenas conocidas y el maltrato diario antes que asumir la responsabilidad de su propia libertad y enfrentarse a lo desconocido.

Aquella generación no logró superar la frustración del proceso porque su mente seguía esclava en el pasado. Se perdieron la oportunidad de disfrutar la meta por no saber gestionar el miedo al cambio.


Para romper este ciclo destructivo es necesario un cambio de perspectiva radical. La tecnología nos da herramientas, pero la decisión de cruzar la línea del miedo sigue siendo un acto íntimo, voluntario y profundamente humano. Todo puede transformarse de un momento a otro si nos atrevemos a elegir diferente.

No importa cuántas oportunidades sientas que has dejado pasar, ni cuán pesado sea el equipaje de tus errores de ayer. La vida se renueva cada mañana y te ofrece una página en blanco para diseñar tu propio destino, libre de las opiniones de terceros. Mira hacia atrás solo para valorar de dónde vienes, reconcíliate con tus caídas, abraza tu presente y camina con firmeza hacia lo nuevo.

Porque escrito está: "No se acuerden de las cosas pasadas, ni traigan a memoria las cosas antiguas. He aquí que yo hago cosas nuevas; pronto saldrá a luz; ¿no la conocerás? Otra vez abriré camino en el desierto, y ríos en la soledad". — Isaías 43:18-19 Solo debes mantener tus sueños vivos y trabajar por ellos, actuar caminando en fe, tener paciencia y cuando llegue el momento de tu ocasión no lo dejes escapar.

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