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Herramientas para los escombros |

Por: Oscar González Ortiz

Después del doblete sísmico, continúan infinitas réplicas; los terrenos tiemblan; las lluvias se presentan desbordando parte de la geografía y el pueblo venezolano busca refugios en medio de adversidades físicas. En estos escenarios de rescate y sufrimiento, la paz mental colectiva se convierte en un recurso valioso para reconstruir las esperanzas de quienes lo perdieron todo.

Mientras el agua arrastra memorias y los escombros sepultan sueños, la realidad del venezolano se debate entre desesperanza y universos paralelos de publicaciones en redes sociales que proyectan narrativas ajenas, orientadas a mostrar divorcio entre la emergencia humanitaria y la superficialidad de las tendencias globales.

Estas plataformas, concebidas para acercar, se transforman en vitrinas de ficción humanitaria; muestran banderas y discursos grandilocuentes, aunque omiten el pulso agonizante de quien busca entre escombros rostros conocidos. La ayuda ofrecida en píxeles contrasta con la urgencia del pueblo que no necesita reflectores, requiere infinidades de soluciones concretas.

Históricamente, la República Bolivariana de Venezuela ha sorteado tragedias —tormentas, sismos, derrumbes—, pero esta tempestad encuentra a la nación con una economía desguazada por la inflación. El galopante precio del dólar no es número abstracto, está siendo la barrera que impide comprar medicamentos o reparar techos; la volatilidad cambiaria impone obstáculos que no permiten cubrir al mismo tiempo necesidades básicas como salud, alimentación o reparación del hogar; prácticamente hay que sortear a cuál requerimiento enfrentar.

Resulta contradictorio proclamar deseos de asistencia internacional mientras mantienen medidas restrictivas que estrangulan la cotidianidad del ciudadano común. La paradoja resulta evidente: mientras prometen auxilios desde el exterior, la asfixia financiera se intensifica con medidas coercitivas que estrangulan al ciudadano de a pie; si la intención es aliviar el sufrimiento, la lógica sugiere eliminar sanciones y restituir activos sustraídos; esa sería la verdadera medicina para el enfermo que se desangra.

En este contexto, la solidaridad requiere despojarse de la hipocresía digital, enfocándose en el dolor de los refugiados, de los mutilados y de quienes perdieron su mundo. Las imágenes de rescatistas y donaciones deben sustituir la retórica política que prolifera en los muros virtuales. 

Pareciese que habitamos dos dimensiones: una donde la vida se apaga, y otra donde se edita el contenido para consumo externo. La desesperanza no se mitiga con un “me gusta”; requerimos de acciones que desactiven el cerco económico, permitiendo respirar a la sociedad que, pese a todo, demuestra resistencia ante la adversidad climática, geológica y social. El ruido de las plataformas no debe opacar el clamor de quienes necesitamos paz y estabilidad.

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