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La Guaira le dejó una herida de 18 metros | Por: Deisy Viana

Déjame contarte que sobrevivió dieciocho horas bajo los escombros, un cautiverio de polvo, oscuridad y silencio rotundo donde el tiempo se estiró hasta volverse insoportable. Al recordar aquello en una de mis publicaciones recientes (esa en la que conversábamos sobre el dilema de volver o no a La Guaira), uno de los lectores dejó una frase que laceró mi alma: "La herida en mi corazón mide dieciocho metros". 


Ese destello de dolor no es un número al azar; es la medida exacta de un abismo interno. Su comentario abrió un debate profundo entre quienes aún dudan en regresar al litoral y quienes sienten que volver es abrir una puerta que nunca debió cerrarse. Las opiniones están divididas, y todas son válidas. Porque en el terreno del trauma y la supervivencia no existen los manuales absolutos; cada ser humano procesa el quiebre a su manera, y nadie tiene el derecho moral de invalidar o minimizar el dolor ajeno.


Mientras una parte de la sociedad intenta cerrar las costuras de su propia historia, otras familias continúan recorriendo la línea de la costa, buscando incansablemente los cuerpos de sus seres queridos, no por obsesión morbosa; sino como el acto sagrado que les permite cerrar un ciclo, hallar un poco de paz y empezar a transitar el duelo con dignidad.


Sin embargo, alrededor de ese dolor profundo, el mundo exterior parece haberse mudado de página con una ligereza pasmosa. Da la impresión de que La Guaira "pasó de moda". Los creadores de contenido ya exprimieron sus cinco minutos de viralidad, las campañas de recolección de ayuda desaparecieron de los titulares y el ruido cotidiano absorbió de nuevo a la multitud, cada quien sumergido en su propio ombligo, como si la catástrofe hubiera sido solo una función de cine ya estrenada.


Pero la realidad late lejos de las pantallas apagadas. Como Matías, hay miles de almas caminando entre nosotros con fracturas invisibles. Son personas que llevan el peso de experiencias límite, de pérdidas que no sanan con un curita y de cicatrices que queman en silencio. Y, sin embargo, en medio de esa fragilidad, late una certeza inquebrantable: si el final de sus vidas no se cumplió en aquel momento, es porque aún queda un propósito valioso por el cual vale la pena levantarse cada mañana. La vida, tozuda y resiliente, siempre encuentra un motivo para recordarnos que respirar es, en sí mismo, un acto de fe.


Escrito está: "Cercano está Jehová a los quebrantados de corazón; y salva a los contritos de espíritu." (Salmos 34:18) 

Que el afán del mundo no nos vuelva inmunes al dolor del prójimo. Sanar no significa olvidar a quienes ya no están, ni fingir que las tragedias se borran cuando el foco mediático se apaga. Sanar es aprender a llevar la memoria con amor, honrar las heridas propias y ajenas, y entender que la verdadera humanidad se mide en nuestra capacidad de permanecer cuando el aplauso y las cámaras ya se han ido.

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