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Lo Nuestro Primero, lección de vida más allá de las pantallas

Por: Deisy Viana 


Las luces de gala de un reconocido restaurante caraqueño se encendieron para recibir la entrega del Premio Lo Nuestro es Primero, un galardón venezolano independiente enfocado en enaltecer, visibilizar y premiar el talento emergente y de amplia trayectoria en el país. El proyecto, que celebra su historia sumando múltiples ediciones y galas en lugares emblemáticos de Caracas, nació con el firme propósito de servir como vitrina para la cultura, el arte, la comunicación y el esfuerzo social de los creadores que hacen de su labor una misión de vida, una extraordinaria labor promovida por el señor Max Flower. 

Déjame contarte que el espacio se vistió de etiqueta, pero el verdadero espectáculo no residió en las lentejuelas ni en los trajes perfectamente entallados de comediantes, cantantes, artistas y expertos en moda. Los corazones latían en otra frecuencia. Latía en el encuentro físico y largamente esperado del panel de La Salita de Leidy, ese espacio conducido en TikTok por la productora Leidy Ortega, dedicado con devoción a proyectar el arte nacional e internacional.

Para quienes habitamos la virtualidad, el abrazo tangible entre estos creadores —tras meses de compartir experiencias de vida a través de una pantalla— fue una lección magistral de fraternidad. Hubo calor, lágrimas discretas y una vibración limpia que recordaba el verdadero origen del galardón: reconocer a quienes asumen su oficio como una misión de vida.

Sin embargo, los salones concurridos tienen una particularidad: funcionan como espejos convexos de la naturaleza humana.

Caminar entre las mesas supuso transitar por dos mundos paralelos. Por un lado, la maravilla de interactuar con figuras consolidadas de los medios artísticos dotadas de una calidez genuina; creadores dispuestos a regalar una palabra sincera, una sonrisa franca o una fotografía a sus seguidores sin mirar el reloj. Por el otro, el incómodo tropiezo con el reverso de la moneda: personajes que venden una estudiada dosis de humildad en los formatos digitales pero que, al apagarse los teléfonos, se descubren habitados por egos inflados y una distancia glacial.

Ver estos dos extremos en una misma noche despierta una profunda reflexión sobre las decisiones individuales. Al final de la jornada, cada ser humano decide qué quiere ser y cómo desea tratar al prójimo. La soberbia es una elección costosa que aísla; la sencillez es un puente dorado que une.

Hacer que "lo nuestro" vaya primero no puede limitarse a la entrega anual de una estatuilla brillante. El verdadero premio se gana y se otorga en el día a día. Comienza puertas adentro, en la educación de los hijos, enseñándoles que el valor de una persona no se mide en visualizaciones ni en aplausos virtuales, sino en su capacidad de mirar al otro a los ojos. Se cultiva en el amor propio sano —que no necesita pisotear a nadie para reafirmarse— y en la humildad consciente de sabernos vulnerables y cercanos.

La solidaridad y la sencillez de reconocernos como hermanos, tal como lo demostró el equipo de La Salita de Leidy en ese inolvidable encuentro, deben ser la pauta diaria. Que el orgullo por lo propio empiece en el trato cotidiano, rescatando la humanidad que habita en las pequeñas acciones informales. Solo así seremos verdaderamente grandes.

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