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Terremoto, el despertar de las conciencias 

Por: Deisy Viana

Era el día de San Juan. En varios rincones de Venezuela, el repique de los tambores marcaba el compás de una tradición arraigada, y entre cantos populares se escuchaba la mística frase: "la tierra tiembla". Pero la metáfora de los cánticos subió a los cielos y fue como si Dios dijera ¡amén! ¡Así sea! Y se produjo una fractura tectónica. De pronto, la tierra tembló de verdad. El baile se transformó en estampida, los cantos en gritos de terror y la mirada colectiva, despojada de cualquier vanidad terrenal, se elevó de golpe hacia el autor de la vida en un unísono y desesperado: ¡Dios mío!

A partir de ese instante se ha desatado una cadena de hechos que parece no tener fin. Como especialista en el trabajo social y analista de la conducta humana en este tiempo, escribo estas líneas con el eco lacerante de los mensajes que logran romper el aislamiento telefónico en las zonas de caos: “haz algo por nosotros, nadie viene a ayudarnos, se escuchan gritos debajo de los escombros, mi familia no aparece, hay muchos niños abandonados, no hemos podido comer, son muchos los cadáveres...”. La impotencia se instala en el pecho. Este caos no es solo el resultado del movimiento de las placas de la Tierra; es el desnudo súbito de nuestras propias costuras sociales y déjame contarte que ¡es imposible tapar el sol con un dedo!


La primera gran verdad que el sismo sacó a la superficie es que nunca estuvimos preparados. Vino a mi mente el recuerdo de tantos maestros comentando con ligereza en los pasillos escolares: "Los niños no vinieron a clase hoy porque los bomberos tienen un simulacro de sismo y para ellos es pérdida de tiempo". Hoy descubrimos, de la peor manera, que aquella "pérdida de tiempo" era la delgada línea entre la vida y la muerte.


La tragedia también ha puesto en evidencia una de las patologías más severas de nuestra estructura institucional: la parálisis por centralización. Arde en el alma ver la ayuda frenada porque quienes tienen la capacidad técnica y humana para actuar no pueden moverse sin que un superior dé la orden. Alguien rodeado con la  periferia del desastre me comentaba con frustración: 

“Estoy aquí desde temprano, pero no sé qué hacer porque nadie me ha atendido”. Pregunto: ¿Acaso esto es una fiesta para esperar invitaciones o atenciones especiales? La emergencia exige un liderazgo estratégico emergente, manos a la obra y descentralización de recursos. Cuando el sentido común se subordina a la burocracia y a la rigidez de la autoridad, cada minuto de retraso se paga con vidas humanas, pero, como dicen, puñalada en cuerpo ajeno no duele.  

Mientras las personas voluntarias escarban con las manos desnudas entre los escombros para rescatar a sus seres queridos debido a las fallas de logística en herramientas pesadas, el paisaje urbano nos obliga a una profunda cura de humildad. Edificaciones que ayer lucían imponentes y soberbias hoy no son más que una triste torre de escombros. 

Es la constatación de lo vulnerables que somos. Al final, lo material no nos hace diferentes; el dolor no clasifica partidos políticos ni estratos sociales. Esas miles de personas fallecidas tenían planes para hoy y ya no están. Cuántos se dedicaron la vida entera a acumular y guardar riquezas materiales que hoy no pueden remover una sola piedra. Esta tragedia es un violento llamado a la conciencia para valorar lo único que de verdad cuenta: el hoy y el prójimo.


El caos psicológico se agudiza por culpa de la infodemia. Enfrentar las fake news y tolerar las pasarelas de adivinos y supuestos profetas —que comercian con el miedo anunciando más caos y castigos divinos— solo destruye el ánimo de quienes ya lo perdieron todo. Sin embargo, para quienes leemos la historia a través de la fe, de nada nos hemos de sorprender; los dolores de la tierra ya están plasmados desde hace siglos en las Escrituras Bíblicas. 


Hoy, cuando el doloroso olor a gente sin vida comienza a inundar el ambiente ante la falta de transportes e insumos para el traslado de los cuerpos, La Guaira y toda Venezuela lloran a sus muertos en un solo y apretado abrazo. Pero es precisamente en este escenario de ruinas donde emerge la mayor fuerza cohesiva de nuestro venezolanismo: la solidaridad orgánica. El amor al prójimo se ha negado a dejarse frenar por alcabalas burocráticas. De manera voluntaria, el pueblo se ha organizado, ha levantado centros de acopio y ha compartido el pan que en muchos casos también le falta. Países hermanos han tendido su mano de ayuda, demostrando que la fraternidad humana no conoce fronteras cuando el sufrimiento es compartido.

Venezuela está sacudida, rota en su infraestructura, pero profundamente viva en su espíritu. La fe genuina en Dios ha dejado de ser un concepto de templo para convertirse en el anclaje psicosocial que sostiene a las madres, a las familias, a los rescatistas y a los huérfanos. En medio del polvo de los edificios caídos, la esperanza se niega a morir. 

Frente al duelo colectivo y la reconstrucción que nos espera, la promesa divina nos recuerda que el quiebre de la tierra jamás debe quebrar el amor de nuestro Creador: "Porque los montes se moverán, y los collados temblarán, pero no se apartará de ti mi misericordia, ni el pacto de mi paz se quebrantará, dijo Jehová, el que tiene misericordia de ti"  (Isaías 54:10) Dios nunca nos abandonará y aunque caigamos arrodillados de dolor, tendremos la fortaleza para levantarnos victoriosos.

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