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¿A La Guaira de nuevo o nunca jamás?

Por: Deisy Viana

​Miraba por la ventana del apartamento a la abuela gritar muy agitada: "¡Sandra! ¡Ven aquí! ¡Sandra aquí!" . Por un momento pensé que se dirigía a una mascota por la forma tan desesperada en que hacía el llamado, hasta que cambió la entonación y soltó con firmeza: "¡Sandra, basta ya, obedece y ven aquí!". Fue entonces cuando una niña salió de entre los arbustos y corrió esquivando carros hasta llegar a los brazos cansados de la anciana. Una escena cotidiana, algo que en cualquier otra época hubiese pasado como un regaño rutinario, pero que para miles de familias en la Venezuela de hoy encierra el peso del trauma: el acto de reaprender a cuidar, a temer, a soportar y a comenzar de nuevo.

Cuando la tierra se sacudió, no solo se movieron las placas tectónicas; se fracturó la arquitectura invisible que sostiene a una sociedad. La sacudida sísmica actuó como un reinicio forzado cuyo precio se pagó con infraestructuras caídas y, trágicamente, con vidas humanas. Desde una perspectiva sociológica, un desastre natural nunca es un evento puramente geológico; es una radiografía brutal de nuestras vulnerabilidades comunitarias. El movimiento telúrico forzó el reacomodo de miles de ciudadanos que, de la noche a la mañana, pasaron de la autonomía familiar a la dependencia absoluta de la solidaridad ajena.

Soportar la pérdida del espacio personal, esa experiencia amarga de "vivir arrimado" o hacinado en un albergue temporal, erosiona la psique. Significa aprender a convivir sin privacidad, compartiendo techos improvisados con desconocidos que profesan estilos de vida distintos y pautas de crianza ajenas. Mientras algunos logran desarrollar resiliencia y adaptarse, otros naufragan en el desespero de no contar con los recursos económicos para alquilar o reconstruir. En los rincones más oscuros de este duelo colectivo, asoma la culpa del superviviente, ese pensamiento desgarrador que susurra en la mente de quienes lo perdieron todo: "¿por qué yo no me quedé allá, bajo los escombros?

Históricamente, el litoral central venezolano conoce muy bien el sabor de la tragedia. La memoria de la catástrofe de 1999 en el estado Vargas —hoy La Guaira— demostró cómo la fuerza de la naturaleza puede reconfigurar para siempre la geografía urbana y la identidad de un pueblo. Los sismos recientes no hacen más que reabrir esas cicatrices históricas. Como reza la sabiduría popular, "los arrimados son como los muertos: a los tres días comienzan a oler mal" , una frase dura pero certera para describir la tensión social que surge cuando la emergencia inicial se transforma en una rutina incómoda de asistencia prolongada.

Ante la encrucijada, la sociedad se divide. Muchas familias sobrevivientes desean rehacer su vida y marchar lejos, jurando no regresar jamás. Otras, al desplazarse a nuevos rincones del país o del extranjero, se llevaron a La Guaira consigo en la memoria, sembrando su cultura costera en otras geografías. Mientras tanto, un grupo considerable permanece en el terreno, respirando las secuelas de una catástrofe que parece no tener fin. Para ellos, la reconstrucción no es solo levantar paredes de concreto, sino aceptar sus pérdidas, restaurar el tejido social, lo que requiere un acompañamiento psicosocial, material y comunitario de largo alcance para poder, finalmente, pasar la página.

Esta catástrofe deja al descubierto un sinfín de historias, unas más desgarradoras que otras, pero todas impregnadas de nostalgia y tristeza. La Guaira ya no volverá a ser la misma, como tampoco lo serán sus sobrevivientes ni quienes presenciamos el desastre desde el dolor compartido. El trauma social nos recuerda con severidad que la existencia es tan frágil como un suspiro, que la rutina es una ilusión y que nunca sabemos cuándo saborearemos el último café, cuándo daremos el último abrazo o si se nos agotará el tiempo para decir ese "te amo" que dejamos postergado.

Sin embargo, tras las ruinas y el luto, la historia humana demuestra que la reconstrucción siempre es posible cuando se fundamenta en la esperanza y en la fe activa. Como nos recuerda la Escritura:

"Porque hay esperanza para un árbol; si es cortado, aún volverá a brotar, y sus renuevos no faltarán. Aunque se envejezca en la tierra su raíz y su tronco muera en el polvo, al percibir el agua brotará y hará copa como planta nueva (Job 14:7-9)

Esta reflexión bíblica nos enseña que, aun cuando sintamos que nuestras raíces han sido arrancadas por el sacudón de la tierra y el dolor de la pérdida, la vida conserva una fuerza indestructible. El agua de la solidaridad, de la fensolidaria y del esfuerzo colectivo tiene el poder de hacer brotar de nuevo a un pueblo golpeado. Redescubrirnos en medio de los escombros no es solo sobrevivir, sino entender que mientras haya aliento, hay oportunidad para volver a florecer.

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